El miedo que nos mira

Autoría: María Tena

Siempre cerraba los ojos en las películas de miedo. Era valiente para irme hacia lo hondo en el mar, para correr kilómetros, para quedarme una noche entera estudiando. Pero la crueldad de algunos hombres, de algunas historias, me aterraba.

Estábamos viviendo en Nueva York y un día noté un pequeño bulto en la pierna. «Seguro que no es nada», pensé. Pero como crecía, fui al médico. Lo peor de todo fue la espera. Nunca he tenido paciencia. Recuerdo aquel a  viejo médico del Hospital Monte Sinaí que nos tuvo tres horas esperando para examinarme. El veredicto no era bueno.  Aquel doctor que era una eminencia me dijo que enseguida me cortarían la pierna y que, a los tres meses como mucho, moriría. Cuando me explicó cómo iba a ser el proceso, respiré.

No se preocupe, todos vamos a morir -me dijo desde su barba blanca-. Esté tranquila y disfrute de la vida lo mejor que pueda. Nada da más miedo que lo desconocido.

Supe entonces cuál era el horizonte y que tendría que prepararme para lo peor. No acababa de creerme lo que estaba pasando, apenas dormimos aquella noche. Pero ya había un plan. Y ese sosiego hizo que finalmente fuéramos a otro médico y que todo cambiase.

El miedo es una fuerza descontrolada e irracional y no hay que dejarla suelta ladrando por las calles porque puede morder. Mejor llevarlo atado como a esos perros que estos días nos permiten sacar a pasear y que nunca se sabe bien si somos nosotros los que los paseamos a ellos o ellos a nosotros.

El patrimonio de lo que somos

Ahora hay muchos tipos de miedo y no siempre los controlamos. Cuesta pensar en la potencia de un virus que no se sabe todavía hasta dónde puede llegar. Lo peor, de nuevo, es no saberlo todo. Siempre da miedo jugar a los dados con la muerte.

Los que estamos solos, confinados en casa, pero tenemos familia, amigos, amores y trabajos y obligaciones, podemos llenar el tiempo sin tener pesadillas y con fe en el futuro. De algún modo nuestra vida, todo lo que nos ha pasado desde que nacimos, nos ha fortalecido y nos protege del miedo. No son banalidades, me refiero al miedo grande, no solo a perder algo de nuestro bienestar, de nuestra tranquilidad, de nuestros veraneos o de nuestros ahorros.

Frente a ese vértigo de lo desconocido, tenemos el patrimonio de todo lo que somos. Un armario infinito lleno de recuerdos y de sueños. Casi todo vale. La cultura y la belleza de un país inmenso. Una buena novela, un concierto, una película y no digamos la poesía, el teatro y la danza. También el deporte y nuestro propio cuerpo nos protegen del miedo. De este modo nos ayuda el recuerdo del verano y también la naturaleza y el mar. O pensar en el otro. Tener compasión de toda la gente que sufre puede hacernos olvidar que nosotros solo somos uno más.

Los que escribimos amamos la soledad. Estar en silencio, sin otra cosa que hacer que estar tranquilo y poder escribir, puede hacernos multiplicar el mundo. Lo dijo William Shakespeare en ‘Hamlet’: «Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme el rey de un espacio infinito».

Publicado en elPeriódico 15/04/20