El doble entierro de doña Emilia

Autoría: Colectivo De Mujeres Por La Igualdad En La Cultura

Pretendía ser elogioso y ha resultado lo contrario. El profesor Belmonte Serrano creyó estar defendiendo la excelencia literaria de doña Emilia Pardo Bazán en su artículo Búscame casita, niño, y lo que ha conseguido es un texto más propio de una revista del corazón que un homenaje a la novelista, pues incurre en los tópicos que Joanna Rus expuso en su libro Cómo acabar con la escritura de las mujeres: transformar en anécdota rosa la obra y la personalidad compleja de una escritora. El profesor no se centra en los méritos narrativos de Pardo Bazán, la valentía de su crítica literaria, el impacto que supuso la publicación de La cuestión palpitante o bien que es probablemente la mejor cuentista de su siglo. Se centra, cómo no, en su relación sentimental con Benito Pérez Galdós, que detalla con anécdotas archiconocidas, que ya son lugares comunes del público medianamente cultivado. Muchas de nosotras oímos hablar de Doña Emilia en las aulas universitarias como la amante de Galdós, porque nuestros profesores destacaron ese aspecto por encima del análisis de su valiosa obra literaria. En su inconsciente, el de nuestros profesores varones, los desprecios y los chistes sobre el aspecto físico de la autora de Los pazos de Ulloa que Juan Varela, Menéndez Pelayo o Palacio Valdés le prodigaron eran más relevantes que referirse a su talento.

La dimensión feminista de Doña Emilia se manifestó, entre otros aspectos, en la traducción de La esclavitud femenina, una obra que sería extraordinariamente influyente por su defensa del derecho a la educación de las mujeres. Un mensaje que Pardo Bazán reiteraría en muchas de sus conferencias. Anna Caballé recuerda, sin embargo, que la empresa personal de la que formaba parte la publicación del libro de Stuart Mill titulada Biblioteca de la Mujerfracasaría. La novelista, muy dolida, cerró la colección al no vender prácticamente nada, señalando en una carta a Dolors Monserdà que lo peor de todo era la poca voluntad con que las mujeres españolas reconocían a las de su propio sexo cuando estas luchaban en su favor. Así era en el siglo XIX y eso explica, en opinión de Caballé, que el sufragismo no prosperara en España, pues no había una conciencia feminista lo suficientemente extendida para acogerlo.

María Vinyals lo señala también, en la España de finales del XIX todavía estábamos en los albores de cualquier movimiento feminista, solo cabe registrar actitudes aisladas. De modo que las feministas no podían apoyar a doña Emilia sencillamente porque apenas las había. Las mujeres de clase media o alta, católicas y conservadoras, muy al contrario, la veían como una amenaza a los ideales femeninos que la Iglesia dominaba con mano de hierro. Pero las feministas del siglo XX sí la reconocieron (Blanca de los Ríos, Carmen de Burgos, Margarita Nelken), a pesar de su catolicismo acendrado, y lo han seguido haciendo, aun con muchas dificultades. «Esta mujer superior€ honra nuestro sexo (€) ¿Quién no conoce y admira a Pardo Bazán?», escribe Carmen de Burgos, feminista y republicana en torno a 1915. De modo que hablar del feminismo de manera ahistórica, como si el movimiento fuera una piedra que se mantiene imperturbable a lo largo del tiempo, no tiene otro sentido que utilizar a Emilia Pardo Bazán para cargar contra las mujeres que han sostenido el movimiento a pesar de todo. No encontramos otra explicación a los juicios vertidos por Belmonte Serrano: «Su nombre ha sido silenciado por los círculos del feminismo». ¿Estamos hablando de 1921 o de 2021? Parece que el tiempo no pasa para el autor del artículo. 

La profesora Anna Caballé subraya en su historia del feminismo en España, La lenta conquista de un derecho (Cátedra, 2013) que si se mantuvo viva la memoria de doña Emilia fue en buena parte gracias al feminismo. Para empezar, fue una biógrafa de Galdós y de doña Emilia, Carmen Bravo Villasante, la que dio a conocer una primera versión del epistolario que tanto interés suscita a día de hoy. Y lo hizo cuando las circunstancias histórico-políticas lo permitieron, es decir en 1978. A Belmonte Serrano el hecho de que el franquismo cerrara el paso a cal y canto al feminismo parece no importarle en absoluto a los efectos de su tesis, que es que las feministas no han apoyado a doña Emilia en ningún momento a lo largo de 150 años. La biografía de Eva Acosta (que no Costa, profesor Belmonte) titulada La luz en la batalla, no solo destaca su aspecto físico, su gusto tardío por las plumas y los collares y sus finísimos gustos culinarios, sino la magnitud de su obra y el empuje extraordinario de su carácter. Pero una forma de ensombrecer la grandeza de las mujeres ha sido también reducirlas a un físico o unos amoríos de los que poder hablar, evitando así lo importante, su grandeza.

 Pero es cierto que para el feminismo la novelista ofrece en su biografía (que no en su obra) aspectos poco solubles con un pensamiento que se apoya en la igualdad. Sin duda. Un artículo reciente ponía en evidencia las contradicciones. Era una mujer de clase alta, como tantos escritores de ambos sexos lo han sido. ¿Acaso no han sido clasistas Vladimir Nabokov, Isak Dinesen, Madame de Staël,Chateaubriand, Rudyard Kipling y tantísimos más? Y por ello ¿se ha dejado de reconocer la importancia de sus obras? Pero doña Emilia, con todo su clasismo, publica La Tribunae n plena Restauración (1883) donde el eje narrativo de la novela recae en la pobreza que sufren y en la que viven las clases populares, analizando con sumo detalle, exponiendo de forma vívida, su miseria (tema al que Concepción Arenal dedica por los mismos años un ensayo político, El pauperismo). Pardo Bazán dibuja un personaje femenino, una cigarrera llamada Amparo, que prefigura a la activista política que tendrá importancia a comienzos del siglo XX.

Y las diferencias de clase son subrayadas brutalmente en Los pazos de Ulloa. ¿Qué más puede pedirse a una escritora tan comprometida con su tiempo como ella? Véanse si no los cuentos ahora reunidos en El encaje roto para comprender la profundidad del feminismo de doña Emilia y su lucha contra la violencia machista.

No hay espacio aquí para reproducir la extensísima bibliografía que Pardo Bazán generó en sus 69 años. Pero el respeto que despierta su obra en el seno de los estudios sobre la historia de las mujeres es evidente, a poco que nos acerquemos a ellos sin prejuicios y leamos la bibliografía que ha suscitado la autora: quiénes la firman mayoritariamentre son estudiosas de su obra. Isabel Burdiel, autora de la última biografía sobre la autora publicada por Taurus (2020), afirma de Pardo Bazán que «su gran apuesta política es el feminismo. Defiende que es una opción política tan legítima como ser conservador, carlista o progresista». Una feminista radical que alentó cuentos sobre la violencia de género y que ya usaba el término feminicidio. Una feminista que controló su carrera, se separó y se convirtió en dueña de su vida, como antes hicieron la filósofa Mary Wollstonecraft o la escritora Georges Sand».

Vayamos ahora a su entierro, al que según Belmonte Serrano «no asistió ni una sola mujer». Por el contrario, según consta en el periódico La Época en su edición de 14 de mayo de 1921 sobre los funerales de nuestra autora: «Durante toda la mañana se estuvieron diciendo misas, como ayer, en la capilla ardiente. A ellas asistieron los hijos de la finada, marqueses de Cavalcanti, que anoche llegaron de París y no se separaron ya de la capilla, así como muchas señoras de la sociedad da Madrid y otras distinguidas personas, que acompañaron hasta la hora del entierro a los hijos de la condesa». Como muchos de ustedes sabrán, las mujeres no asistían a los entierros en la época, se conformaban con asistir al velatorio, al funeral y a las misas que se rezaban con posterioridad.

En fin, quizás el profesor Belmonte Serrano quiera otorgarse el honor de reivindicar una figura eminente a base de denostar o ensombrecer el feminismo, una práctica que ofrece muy poco recorrido. ¡Cuán fácil y tentadora es para el varón la autolatría! Palabra de doña Emilia.

Publicado en La Opinión de Murcia 13 de enero 2021