“Me alimento de vuestra existencia” Rosa Chacel y Ana María Moix se escriben

Autoría: Angélica Tanarro

Hay libros en los que es grato quedarse a vivir por un tiempo. Y que, al volver a ellos tras años de haberlos leído, conservan la frescura, la intensidad y la vida que rezumaban en la primera lectura. Hay correspondencias que se leen como una novela, compuesta por los acontecimientos, dudas, pensamientos y sentimientos que quisieron compartir los corresponsales. Todo ello (me) sugiere De mar a mar las cartas entre Rosa Chacel y Ana María Moix que el sello Comba recuperó en 2015 al cuidado de Anna Rodríguez Fischer. Moix tenía 18 años cuando, por indicación de Pere Gimferrer, leyó Teresa, la novela en la que Chacel relata la vida de Teresa Mancha, la amante de Espronceda. Era el año 1965, Moix estaba en primero de carrera (Filosofía y Letras) y quería ser escritora. Chacel seguía en su exilio de Río de Janeiro, aunque ya había vuelto a España en alguna ocasión. La joven cede el impulso de escribir a una autora ya consagrada, aunque bastante marginada en España. Lo hace con vértigo y admiración para comunicarle lo mucho que le ha gustado no solo la novela sino el prólogo, “muy inteligente” y de gran ayuda para una escritora en ciernes. Y mostrarle de paso su sorpresa: “Es incompresible –asegura en la carta— que aquí, en España, hayan pasado sus obras casi desapercibidas”. Aunque a renglón seguido Moix se ofrece a sí misma una explicación que suena desgraciadamente actual. “Tal vez haya una explicación: la literatura actual está tan viciada de gratuismo (sic), comercialismo, afán de exhibición y falsos e incomprensibles reconocimientos por parte del público lector que ya no sé si es que no se sabe escribir o no se sabe leer”.

La carta no solo agrada a la autora de Memorias de Leticia Valle sino que ve en ella una oportunidad de establecer un diálogo con alguien que parece entenderla, porque intuye que a pesar de los años que las separan tienen intereses y sensibilidades afines. Como quiera que Moix anima a Gimferrer, por petición de Chacel, y más tarde a Guillermo Carnero también entonces un joven principiante aunque ya estimable poeta (los tres estarían en la famosa antología Nueve Novísimos…) a sumarse a este hilo tendido de mar a mar, la veterana escritora sentirá que tiene sucesores en su propio país, de cuyo panorama literario tenía una visión más bien oscura. De alguna manera ellos rompen su aislamiento. Y Rosa se entrega, al menos en el epistolario a Ana María Moix con total generosidad. Habla de sí misma, sí, de sus estados de ánimo, también, pero procura no cargar las cartas con “fastidiosos” asuntos cotidianos. Sobre todo, se interesa por los progresos de Moix como escritora, se preocupa por su salud, la ‘regaña’ para que no desfallezca en sus empeños, en sus proyectos de novela, para que cuide su cuerpo y su mente: único modo, cree, de que se beneficie su escritura. Hay también múltiples referencias a su obra. Por entonces Chacel estaba corrigiendo su autobiografía, Desde el amanecer, aunque entonces el título iba a ser Desde antes, habla de su ensayo Saturnal, de lo que será cuando la escriba Barrio de Maravillas, y de lo importante que es para ella su novela La sinrazón. Conmueve en una autora de su edad, por entonces tenía 67 años, la necesidad de saber qué piensan esos jóvenes a quienes ha cogido tanto aprecio humano e intelectual de su novela más importante. Pide una y otra vez opiniones, se impacienta porque Gimferrer no acaba de prestársela a Moix y cuando por fin ésta la lee espera con ansiedad su respuesta. Afortunadamente, Moix se entusiasma con ella, mejor, la entiende en la medida en que su autora deseaba ser entendida.

Es una correspondencia llena de nombres, por ahí andan Gonzalo Suárez que ya había publicado sus primeras narraciones, la olvidada Carmen Kurtz, Borges, Faulkner… Los autores que gustaban a una y a otra… No hay, como es tan común en este tipo de libros, cotilleos literarios, pero sí a veces opiniones crudas, como la crítica feroz de Chacel a la traducción que hace Salinas de ‘En busca del tiempo perdido’, que califica de “abominable”. Hay, también, debate cinematográfico: Godard es un desencuentro entre ambas. Moix adora ‘Alphabille’ en la misma medida que Chacel la detesta. El cine, otra afición compartida que ocupa páginas y páginas en el epistolario.

No hay desperdicio en estas cartas. Aunque podría pensarse que Rosa Chacel está de vuelta, aún desplegaría una enorme energía creadora. Moix comenzaba un compromiso con la literatura que la llevó lejos. Ambas necesitaban las cartas de la otra y así se lo decían una y otra vez. “Me alimento de vuestra existencia” le dice Rosa Chacel en una de sus misivas. Y en otra, cuando recibe la noticia del premio Nacional de Literatura que recibe Gimferrer por ‘Arde el mar’ (1966), escribe: (…) Tal vez no os hagáis vosotros una idea suficientemente clara de la importancia que tiene para mí todo lo que afecte a vuestra vida, a vuestro triunfo, a vuestra salud, etcétera”.
Pienso en lo mucho que se recomiendan las ‘Cartas a un joven poeta’ de Rilke a todos los poetas en ciernes. Creo que esta correspondencia debería ser lectura obligada para escritores, sea cual sea su momento creativo.

De mar a mar

Correspondencia entre Rosa Chacel y Ana María Moix

Edición de Ana Rodríguez Fischer

Editorial Comba

Barcelona, 2015