Abuso, agresión, violación

Autoría: Anna Caballé

Clásicas y Modernas no puede mantenerse ajena a unos hechos que conmovieron a la sociedad española en julio de 2016, cuando se supo que un grupo de cinco varones, entre los 24 y los 27 años y tres de ellos con antecedentes penales, acosaron, intimidaron y forzaron a una cría de 18 años a mantener unas relaciones sexuales no deseadas ni consentidas, sin duda traumáticas y que la víctima nunca olvidará. La sentencia, publicada el 26 de abril de 2018, considera probadas no menos de cinco felaciones, tres penetraciones vaginales y una penetración anal en el espacio de una hora aproximadamente. Y todo ello perpetrado sobre el cuerpo y el ánimo de una adolescente recién llegada a los sanfermines con el deseo de disfrutar de una fiesta que a todas luces está fuera de control por lo excesivo de su duración y de su planteamiento supuestamente festivo.

No discutimos la sentencia impuesta: nueve años de cárcel, si se cumplen en su totalidad, y deberían cumplirse, pueden ser un castigo suficiente. También lo serían los veintidós años de presidio solicitados por la acusación particular y la fiscalía. Lo preocupante en la sentencia publicada contra el grupo autodenominado La Manada -¿manada de qué? los animales son más respetuosos con los humanos que lo que demuestran ser ellos hacia la joven que en nada los ha ofendido y a la que tratan peor que a un perro: una manada de buitres es más compasiva.

En todo caso, lo inquietante de la sentencia y que tanto ha indignado a la sociedad española en su conjunto son dos cosas. A) que se niegue el delito de agresión sexual y por tanto de violación a un hecho repetido que no cuenta en absoluto con el consentimiento de la víctima, sobre la que se actuó con violencia indiscutible e intimidación para someterla a vejaciones que deberían ser desterradas del comportamiento humano. La forma en que esos cinco machos -vamos a dejarlo así- se adelantan al deseo de su compañera ocasional, conocida fortuitamente en la calle, forzándola a unas relaciones de una crudeza impensable entre personas que han recibido una educación, aprovechándose de la genuina confianza en el género humano que debió de sentir la joven en una noche de fiesta y recién llegada a la ciudad, resulta moralmente insoportable.

Mujeres y hombres de todas las edades salieron a la calle a las pocas horas de conocerse la sentencia para demostrar su rechazo frontal a que los magistrados no contemplaran la violación cuando era evidente que la hubo a juzgar por los hechos probados que se describen y a los que solo los magistrados tuvieron un conocimiento suficiente a partir de las declaraciones, los videos grabados, los comentarios soeces inmediatos y los testimonios de parte. La segunda inquietud, que duele más todavía, es el desentendimiento de uno de los tres magistrados, de nombre Ricardo González, de la resolución final, con la que no solo no está de acuerdo sino que debió de insistir en emitir un voto particular, recogido en la sentencia y expresado probablemente con la voluntad de favorecer la apelación de los encausados.

¿De verdad podemos confiar la justicia en un hombre que no ve la menor muestra de delito en la situación creada en el cubículo en el que se acorraló a la víctima para someterla sexualmente? ¿Cómo entiende el magistrado que deben ser las relaciones sexuales para no caer en un ejercicio de abuso de quien tiene más fuerza sobre la parte más débil? ¿El consentimiento de la mujer no importa en la sexualidad masculina? ¿Es eso lo que sostiene el magistrado dispuesto a justificar y absolver la hombría de cinco machotes contra una joven de 18 años que no fue consciente del peligro que iba cerniéndose sobre ella a cada minuto que pasaba? La negativa a reconocer la intimidación y la violencia de lo sucedido en Pamplona aquella fatídica noche hace que veamos todavía más clara la necesidad de seguir luchando contra las causas que hacen posible la discriminación de las mujeres, en todas sus formas, al igual que la oscuridad del fondo hace que se vea mejor el brillo de un cuadro.