relato coronavirus clásicas y modernas

Puto coronavirus – Relato VIII

Autoría: Pilar G.G.

Escena uno

8.30 de la mañana. Sexto día de confinamiento. Voy hacia la cocina a hacerme un cafelito, cojo el móvil que ya tiene unos 250 wasshap. Me llega un correo de mi sobrina Eli con un enlace para ver teatro, danza y conciertos. ¡Ummmm, que bien pinta! Me preparo el desayuno y con mi café negro humeante en taza XXL, abro Rtve a la carta y pincho “Por vos muero” la obra cumbre del Ballet Nacional con coreografía de Nacho Duato, Amén…He de decir que soy su fan number one, de poster tipo Superpop. Me recuesto en mi silla y me dispongo, bien cómoda aún en pijama, a disfrutar.

Momentazo de la “core”, llega el poema de Góngora, recitado por Miguel Bose que tiene una voz profunda y rítmica. La bailarina que interpreta es magia pura, éter en vena. En mi cabeza las neuronas se desbocan, unas me erizan el vello, otras me hacen llorar, otras me dicen que coja boli y papel y apunte ideas para la Gala de Danza que preparamos para los alumnos en la academia de danza todos los años en el mes de Junio. ¿He dicho Junio?, sí, seguro que ya habrá pasado todo…y volveremos a actuar y a bailar todos juntos, tocándonos y compartiendo sudor. Optimismo. La música medieval me envuelve, sonrío de felicidad, que bonita mañana me espera, hoy llueve, no hay prisa, establecer rutinas, hacer cosas que nos gusten, disfrutar del relax y aprovechar estos momentos de creatividad, sin noticias deprimentes, sin contagios…

De repente, por el rabillo del ojo noto una presencia ¡¡¡Coño!!!!

Allí está ella. Boca arriba, tirada en el suelo de mi cocina como un cadáver.

Con sus patas largas, su cuerpo reluciente como si se hubiera bañado en Fairy Ultra del que ya no queda en Mercadona, sus antenas moviéndose aún. Al lado del cubo de basura que ayer por la noche saqueó mi perra Bigui, una Beagle insaciable que aprovecha mis descuidos para hacerse aperitivos furtivos. Reconozco que no limpié muy bien, la verdad es que por la noche soy muy perezosa. Me pesan las zapatillas que llevo todo el día por casa y juro que quemaré en la barbacoa portátil el día que salgamos de esto.

Me acerco con asco, la espachurro rápido con un cartón de leche Asturiana que esperaba felizmente en el cubo del reciclado a convertirse en su cuarta reencarnación en un bonito libro de viajes con imágenes a todo color y me digo: “a tomar por culo Góngora, Por vos he de morir y Nacho Duato, Amén…”.

A limpiar toca.

Sigo el rastro de la muerta, ¿Por dónde has entrado?, ¿Ya estabas aquí “Hija de Puting”? Miro con ojo de Hércules Poirot las ventanas y las puertas y guiada por un sexto sentido olfateo cual sabueso la encimera de la cocina, llego a la campana extractora alargando mi cuerpo de 54 años pero aún ágil y flexible después de una vida dedicada al Ballet, inspeccionando con las gafas de presbicia esa caja extraña que hace tanto ruido pero que no absorbe ni una “miajita” de humos, presiono con mi bayeta amarilla un botoncito lleno de grasa añeja y se abre la tapa exterior…Grito. Hay más, todas inertes, fosilizadas, como “Cuadros en una exposición” de Mussorgsky.

A las 9.30 ni me acuerdo del Ballet Nacional, ni de ningún poema, ni de Nacho, ni de la creatividad, ni de nada que no sea una puñetera cucaracha. Ahora soy Kafka a punto de metamorfosearse.  

La neurona poco sensible pero operativa que me queda me susurra, Lejía…, alguien en la tele dijo ayer o antes de ayer o yo que sé si lo ha dicho alguien, que es el mejor desinfectante, rápido y eficaz.

Juan, mi pareja, que es un hombre tranquilo, acude sin premura. En casa un grito-alarido mío significa: 1-Cucarachas 2-Ratones, 3- Ha entrado un abejorro de los gordos y 4- Carcoma, en este orden, solo, nada más. Las cuatro plagas que me ha regalado la vida últimamente.

Él, que parece inglés castizo de Oxford por sus maneras siempre correctas y sin aspavientos, no sé lo que vio en mí, pero eso es otro tema, coge un papel de cocina y las quita una a una, sin guantes, ni mascarilla, con cero protección. Desmonta el aparato para mi hasta hoy inofensivo, lo friega dejándolo reluciente y dice: Ya está, no hay más. Se va. Muy tranquilo.

Fin de la escena

Escena dos

Hay que desinfectar. Todo. Corro, bueno, más bien vuelo a por ella, como un águila que se tira en picado en el vacío por su presa, la gran salvadora de este confinamiento, la lejía. Después del confinamiento la asciendo a Lady Lejía. Enciendo “el loro” que Gladys, muy pero que muy colombiana tiene sintonizado cuando viene a casa una vez por semana. (Pequeñines de menos de 40 años, loro es una radio con un hueco para insertar cassetes que sirve para oír canciones analógicamente, ósea presionando hasta el fondo una tecla enorme que pone PLAY, más o menos del tamaño de una caja de Amazon) Y dejo que suene la música, sin hacerle mucho caso porque es la única frecuencia del dial que se coge en el lavadero.

Suena de fondo Reegetón.

Busco Radio Clásica, cadena de música super buenísima, nada, sale Radio Taxi. Da igual, luego la cambio de sitio y lo intento de nuevo.

Las 10: “Dale papi que tú tienes flow…, abrir armarios, sacar las sartenes y ollas ¿Y si han estado campando las cuquis y sus primas por este cajón?

Las 11: “Mira mami lo que te voy a dar…”, limpiar todos los espacios con comida “mueve tu cucu, dale mami, dale dale dale mami oh oh oh fiesta, fiesta, esa boquita” …

Las 12: “Pero si le ponen la canción, le da una depresión”, KH7 desengrasar ¿Estoy bailando? no me lo creo y encima tarareo “Súbeme la radio que ésta mi canción”, moviendo caderas con Enrique Iglesias. Estoy fatal de la cabeza, me duele el brazo de frotar tan fuerte…

Siente el bajo que va subiendo, Tráeme el alcohol que quita el dolor, na na ná

La 1: los mensajes machistas misóginos llegan al paroxismo, pero yo no sé qué me ha poseído que sigo limpiando y sin cambiar el dial. Bajar de la escalera, volver a subir, cambiar trapo sucio, tirar trapo sucio, ¿quemarlo? ¿Y si está infectado? Psicótica Total II es la película de la mañana. Ahí veo una mancha de grasa como un guisante, frota más que ya es tuya…

Fin de la escena

Escena tres

De repente, un plof cerebral me saca de este episodio neurótico sin pastillas. Es un spot publicitario que ya he oído antes, pero sin procesar la información. Me quedo parada y escucho con atención. El trapo nuevo con lejía se me cae de las manos, todas las neuronas sensibles que me han abandonado esta mañana se agolpan en la región frontal del cerebro, la de pensar, mucho, vamos la de escurrir….

¿Están anunciando un “puti club”?  No puede ser, Oh my Good, I cant believed. Y el locutor sigue hablando con acento latino a tope y voz muy desenfadada. Nos está invitando a acudir a su ¿sala?, No sé como se dice, yo entiendo de pistas de baile, aulas, back stage, escenario, proscenio…pero el tema club de alterne, que bonita palabra, no lo domino. Pero suena tan bien ahora mismo eso de alternar con seres humanos.

Voz enlatada como de radio lejana.

– ¡Las mejores fiestas, las mejores chicas, las mejores copas bien baratas!

– ¡Ven y disfruta de tu despedida de soltero con todos tus amigos…!

  ¡Qué susto!, creía que iba a decir de tu despedida por el puto coronavirus.

– ¡Juan!, ¿pero estás oyendo lo que dicen?… Me sale una voz tipo los Morancos llamando a Josua o de maestra de danza alterada intentando poner orden en la clase.

A lo lejos con voz de cueva se escucha en off:

¿Qué?, No, no sé que estás escuchando esta mañana, ni le he prestado atención, pero he escrito un capítulo nuevo para el libro. (” Farmacología práctica en la clínica dental y pacientes medicamente comprometidos”). Toma ya música inspiradora.

– Oye, ¿Que tal vas con las visitantes?… Fin de la conversación.

Fin de la última escena

Ahora sé lo que sentiría un marciano recién aterrizado en la tierra a las 9.30 de la mañana en plena pandemia en la cola para entrar al Mercadona. Desconcierto.

Juro que mañana vuelvo a Góngora y a Nacho Duato, Amen – Súbeme la radio que ésta es mi canción, na na naaaaaaaa.