Los diarios del cáncer de Audre Lorde

Autoría: Ela Alvarado

Editorial: Ginecosofia

Fecha edición: 2019

La alegría de haber conseguido un título tanto tiempo esperado, vigilando por si se decidían a reeditarlo, me obliga a compartir este regocijo literario y a recomendar su lectura una y mil veces.

Hace mucho que sabía de Los diarios del cáncer de Audre Lorde, pero se había comportado como una leyenda urbana, un unicornio literario, inexistente para mis ojos de lectora empedernida. La iniciativa hay que agradecérsela a las responsables de un proyecto multidisciplinar, con sede en Chile, llamado Ginecosofía.

Un texto corto, apenas cien páginas en formato pequeño, pero que no necesita más para dar en la diana emocional, para dejarte pensando y dolorida, dolorida por la empatía que se establece con la protagonista y por la desagradable confirmación de que queda mucho por andar para que las mujeres seamos respetadas, también en nuestros procesos de salud.

Los pensamientos de Lorde están contados con un lenguaje directo, conciso y honesto. Su forma de exponer lo que está viviendo es tan clara y carente de todo adorno, que resulta desgarradora, es aguda y certera, como la cirugía a la que se ve obligada a someterse para eliminar el cáncer de su cuerpo, la mastectomía completa de uno de sus pechos.

Sus reflexiones, publicadas originalmente en los años ochenta, siguen estando tan vigentes que la voz que sale de estas páginas, podríamos escucharla en los pasillos de cualquier hospital o en boca de cualquier mujer que esté pasando actualmente un proceso de esta naturaleza.  

Destaco la estructura de esta edición porque me parece muy interesante:

  • Prólogo El autocuidado como legado de Pabla Pérez San Martín. 
  • Introducción
  • Capítulo 1. La transformación del silencio en lenguaje y acción. 
  • Capítulo 2. Cáncer de mama: la experiencia de una feminista negra y lesbiana. 
  • Capítulo 3. Cáncer de mama: poder versus prótesis.

Los diarios del cáncer, como todo buen clásico, y Audre Lorde lo es, nos atraviesa dejando un rastro de preguntas, de reflexión y de autocuestionamiento. Nos “invita” a revisar el yugo de la estética al que las mujeres de todo el mundo seguimos expuestas. Nos enfrenta al sinsentido que supone seguir permitiendo el castigo de un canon que nos exige ir contra natura, lo que resulta angustioso cuando hablamos de enfermedad.

Lorde plantea el malestar que genera en la sociedad el dolor ajeno, sobre todo cuando viene de una mujer, porque supone enfrentarse a la propia mortalidad, pero además, porque se trata de la fragilidad de quien suele ocupar el papel de cuidadora, dejando al resto completamente expuestos. Una cuidadora que ahora necesita ser cuidada y demanda su derecho a sentirse débil.

Para algunas personas hay algo desasosegante, casi supersticioso, en el hecho de enfrentarse a la enfermedad ajena, a cuerpos dañados por un proceso de recuperación. La obra de Lorde nos incita a mirarnos directamente: como pacientes, como sociedad, como mujeres con derecho a dejar de hacer unos esfuerzos titánicos por ocultar el paso de la enfermedad, especialmente cuando el único objetivo de esos esfuerzos es no inquietar a los ojos que miran.