microrrelatos coronavirus clásicas y modernas

Hasta la corona del virus – Microrrelatos IV

Autoría: Clásicas y Modernas

Aquí puedes leer algunos de los microrrelatos que hemos recibido durante el confinamiento por el coronavirus:

UNA HABITACIÓN CON VISTAS

Foto desde mi ventana. Las vistas desde mi pequeño apartamento: una casa cochambrosa que se me echa encima por la estrechez de la calle, cables medio descolgados que me hacen temblar los días de tormenta y el solar abandonado y sucio  en medio del cual ha crecido un triste árbol que, para verlo, me tengo que poner de puntillas.

De este maravilloso paisaje disfruto cuando  intento relajar la vista, agotada de tantas horas fija en la pantalla del ordenador. Vuelvo la cabeza hacia la ventana y me topo con esto. Y así llevo treinta y un días, uno detrás de otro. Y los que me quedan.

Ayer pensé en suicidarme. “Esperaré a la próxima tormenta y me agarraré a esos cables de alta tensión”, pensé. Pero abandoné esa idea en cuanto recordé que con un libro puedes convertir cualquier lugar en lo que tú imagines. Y allí estaba él,  Haruki Murakami, esperándome. Me sumergí en su novela 1Q84.

Y me salvé.

Elena Laseca

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SIN DESPEDIDA

He dado de baja su móvil. No me lo quedo. He echado un último vistazo a sus fotos, sus wasaps, el registro de sus últimas llamadas. He borrado todo lo que he podido, pero, como el Covid 19, quedarán fragmentos de mi madre en alguna ranura del aparato.

Fui a tirarlo a un contenedor especial. Al dejarlo caer, escuché su contacto con los demás móviles. Un sonido metálico, negro y frío. Todos los muertos poseían uno, y la despedida dolorosa y aterradora la hicieron a través de ellos, y en ellos ha quedado registrada.

Ahora, los móviles son lo más parecido al alma de nuestros difuntos.

Ahora, miles de móviles, unos sobre otros, apilados, viajarán hasta las naves de Sudáfrica, de China o la India, para ser desmenuzados. Ahí, pequeñas manos inocentes descuartizarán sus almas, pequeñas piezas, instantes de vida y muerte: las fotos del cumpleaños, la última Navidad, las sonrisas de los nietos, la mirada de su mascota, el
último viaje…

Dicen, que cuando cierran las naves al atardecer y la oscuridad las invade, las piezas metálicas desprenden luces diminutas que flotan en el aire y provocan un resplandor que puede verse desde la negrura del entorno. El fulgor desaparece cuando regresa la luz del amanecer.

Todos nuestros muertos quieren seguir viviendo sus interrumpidas vidas: las que quedaron atrapadas en la memoria interna de sus teléfonos móviles.

Inés Fonseca Legrand

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ROMPE TU SILENCIO
SI ERES VECINDARIO

Puede que alguna mujer de ti dependa
si a través de los tabiques de tu vivienda
oyes amenazas, golpes, gritos, lloros…
insultos y malos tratos sonoros.

Algo en tu entorno no va bien
si también…
Escuchas a sus hijas/os pedir auxilio, llorar y gritar.
Es que en esa casa hay algún conflicto familiar.

Tu vecina pasa por una situación tremenda
si tras las paredes de tu vivienda
oyes que pide ayuda.
No te quepa la menor duda.

ROMPE TU SILENCIO
SI ERES FAMILIAR O AMIGA/O

Si intuyes que tu familiar o amiga sufre algún tipo de maltrato,
muéstrale tu apoyo, es lo más sensato.
Comunícate, a menudo, con ella;
escúchala y sigue de sus palabras la huella.

Si crees que tu familiar o amiga sufre algún tipo de violencia,
intenta que te explique cómo es, con su pareja, la convivencia.
No la juzgues, muéstrale afecto y comprensión,
pregunta cómo se siente y empatiza con su situación.

Si tienes la certeza de que tu familiar o amiga tiene miedo,
no intervengan directamente, no te plantees el «yo puedo».
Si sabes que su situación es insostenible,
no dejes que le ocurra algo terrible.

ROMPE TU SILENCIO llamando a alguno de los siguientes RECURSOS DE AYUDA

016 (INFORMACIÓN)
112 (EMERGENCIAS)
062 (GUARDIA CIVIL)
091 (POLICÍA NACIONAL) 682 916 136 / 682 508 507 (APOYO PSICOLÓGICO)

Ana María García Gago

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Después de 24 horas aislado despierto a las 13 horas de otro dia cualquiera, con ese dulce letargo que producen los ansiolíticos.

Me levanto de la cama y desnudo camino lentamente por el pasillo, ya soleado, hacía el cuarto de baño. 

Decido darme un baño y mientras se llena la bañera voy a la cocina y me tomo otra de mis pastillitas.

Vuelvo al baño, meto un pie en el agua, está caliente pero me da igual. Poco a poco me sumerjo en ella oyendo el silencio dentro del silencio.

Aguantando la respiración recuerdo la discusión de la noche anterior con otro de esos amigos desconocidos. Reflexiono y me pregunto si la culpa no será mía.

Emerjo del agua levantando una pequeña ola de espuma que se desborda por la bañera, “qué importa ya lo limpiaré, tengo todo el tiempo del mundo”.

Me dejo llevar por la apatía y por la suavidad de una esponja marina comprada en el Gran Bazar de Estambul.

Me levanto enrojecido por el calor del agua, cojo la toalla y envuelto en ella salgo de la bañera mientras oigo como el agua se va por el desagüe.

Mis huellas van dejando un rastro sobre el parquet en dirección al salón, donde conecto la tablet, entro en mi perfil de Facebook y sin más, lo elimino.

Ahora, desnudo en el sofá iluminado por la luz del mediodía, por fin puedo respirar tranquilo. Pronto sentiré tu ausencia y te echaré mucho, mucho de menos. 

Alfonso González Calatrava

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¡Hasta la corona del virus!

Pero estoy contenta. Sí, muy contenta. Contenta de ver cómo nos hemos convertido en gelatinas. Contenta de ver cómo sufrimos, salvo por la pérdida de vidas. Contenta de ver mermado nuestro imperio. Contenta de ver el miedo que transmite la gente, por ver en riesgo su hábitat y su sustento.

¡Hasta la corona del virus!

Hasta la corona del virus, pero del virus egocéntrico y destructor del ser humano. Estoy contenta, sí, contenta de ver cómo lo efímero creado solo forma parte de nuestra avaricia, y mientras hemos ido destruyendo los hábitats y vidas ajenas, a casi nadie le ha importado. ¿Acaso no es lo que hemos estado haciendo? La vida es un boomerang y ha vuelto, lo que hemos sembrado.

¡Maldita soberbia! ¡Bendito castigo!

No, ya está bien de justificarnos, merecemos esto y más. Y si no reflexionamos profundamente, la vida del ser humano se extinguirá y por fin el planeta podrá respirar. Lo sé, pero ya está bien del culpar al otro. No, no siento pena alguna por nosotros sino todo lo contrario, estoy contenta, sí, muy contenta.
¡Hasta la corona del virus!, del virus humano, porque existe una mayoría demasiado grande y por tanto peligrosa la de los hombres y mujeres que no toman partido, que son apáticos, que solo saben quejarse y “no mueven un dedo” para que esto cambie.

Aurora Mateo Quirós

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Cada biblioteca tiene una historia que contar

Madame Bovarie se enamoró del virus y dejó a su marido.

Alicia en el país de las maravillas se transformó en virus mientras la perseguía el conejo, llegas tarde, llegas tarde.

Pulgarcito se escondió debajo del virus.

Caperucita llevó el virus a su abuelita y la salvó el leñador.

Frankestein asustó al virus.

Drácula le chupó la sangre al virus…

Ella, con su biblioteca, libro a libro, página a página, palabra a palabra, letra a letra fue construyendo la muralla contra el virus y la soledad.

Aina Rotger Carlón

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JORNADA DE PUERTAS ABIERTAS

Había ido plantando diversas variedades a lo largo de los años, colocadas con la esperanza de que un día florecieran todas a la vez y en primavera crearan una sinfonía de colores. De todas, era la glicinia la única que le era fiel: siempre florecía.

Y fue a la glicinia, precisamente a su glicina fiel, a quien dejó atrás en plena floración el año del coronavirus. Justo cuando estaba reventona, toda explosión color violeta intenso, arropada por su hermoso manto de hojas verdes, con esas ramas trepadoras queriendo asfixiar el jazmín de flor amarilla y desbancando con su intenso olor el tímido perfume del jazmín de olor, el de las pequeñas e invisibles flores blancas.

Se despertó muy temprano, como había venido haciendo durante los dos meses de confinamiento. No porque le gustara, sino por un persistente insomnio que le impedía dormir como hubiera deseado. Se tomó el café y esas dos piezas de fruta a las que se había acostumbrado por el terror a engordar. Se dio una ducha rápida, se vistió sin pensar como, abrió la puerta de la casa, abrió la puerta del patio y, sin pensarlo demasiado, entró a recoger su bolso y un pañuelo para el cuello, por si a la noche refrescaba.

Se fue, nadie supo nunca hacia dónde. La puerta del patio permaneció abierta, todo el día. A la hora de los aplausos, así la encontró la policía local en su ronda de tarde.

Pilar V. de Foronda

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UNA ADICCIÓN LLAMADA COVID

Dispuesta a salir, asomó la cabeza por el portal. La cuarentena había pasado. Salió. Ya se veían algunas personas por la calle.

La epidemia fue muy virulenta. Había muerto mucha gente. Pero los que cumplieron lo que dictaban las redes, habían logrado sobrevivir. Ella desde el principio hizo todo lo que iba apareciendo fuese por el medio que fuese. Aplaudía en el balcón; encendía velas; cantaba el Resistiré, el Sobreviviré, el Aleluya; dejaba de consumir cultura gratis en dos días; meditaba a nivel mundial de madrugada; reenviaba todo lo que le llegaba por Whatsapp, Facebook, Instagram, Twitter…; hacía ejercicio en su salón; videoconferencias con amistades y familiares, descargaba lo que le llegaba por enlaces: libros, recetas, películas, música… y por supuesto, aparte de usar mascarilla y guantes, criticaba al Gobierno. Todo esto la salvó del contagio. Su cuerpo, su mente, estaban tan saturados, de información, actividad, reenvíos, videoconferencias… que el virus, por más que lo intentó, no encontró resquicio donde instalarse.

No había andado mucho, cuando sintió dolor en el pecho, le faltaba el aire. Algo en su interior le decía que volviera a la seguridad de su hogar. Volvió, entró en casa. Desesperadamente cogió el móvil y empezó a reenviar, como cada día, desde hacía ¿cuánto? Había perdido la cuenta.

Se tumbó en el sofá, esperando que diesen las ocho, puso el Resistiré como música de fondo. Empezó a encontrarse mejor, el aire ya entraba en sus pulmones. Inspiró profundamente y dijo: ¡Con lo bien que estoy en casa!

Josefa Durán Ángeles

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EL APEGO

Ettore, durante la cuarentena, asfixiaba cada día a Sofía con la misma cantinela: “Cuando todo acabe tomaremos un helado”. Sofía se reía de su incontenible humor. A renglón seguido blandía el rosario para que él no diera cobertura y logística a sus neuras. Ettore tenía 95 años, dos menos que la buena de Sofía, quien no había sufrido demasiado esta situación más allá de no poder ver a sus bisnietas. Se sentía protegida en casa. Había desempolvado el viejo piano, y hasta se atrevía a cantar Mina con él. Sus hijos les traían periódicamente la comida y medicinas para la tensión, el azúcar y los nervios.

Ettore lo llevaba algo peor. Era menos casero, y durante el periodo de reclusión, más que cogerle gusto a la casa o rescatar viejas destrezas, comenzó a cristalizar –atraído por lo prohibido y lo novedoso- la idea de romper moldes. Además, ya estaba cansado de Mina.

Llegó el día, y Ettore pudo convencerla. Bajaron al blue-ice –tomando las debidas precauciones- y pidieron un helado de mierda con nata, el único gusto que había. A ella no le disgustó, él notó el toque afrutado. Fueron al parque guardando la distancia de un metro. Ettore, puro fulgor, se levantó de su silla de ruedas y comenzó a correr. Ella le siguió hasta que ambos, a la vez, murieron de un infarto sin poder terminar la nata montada. Con los hospitales cerrados una vez finalizada la fiebre del Covid19, sus cuerpos aún siguen allí, inertes.

Julio Ocampo

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Más de cuarenta días condenado a estar en casa, la última vez que salí fue el pasado 11 de marzo.  Esa tarde no podía creer lo que se nos venía encima tan solo tres días después, el estado de alarma, la vida tal y como la conocíamos ya no volvería a ser igual, los besos, abrazos, saludos todo desaparecería de nuestra vida cotidiana.

Un virus mortal nos invadía, una guerra iba a comenzar y muchos de nuestros mayores fallecían, gente que había sacado a este país adelante, que había luchado para que nosotros tengamos todo lo que tenemos, ahora se iban a ir en silencio sin la despedida de sus familiares en la absoluta soledad.

Nuestros pequeños sufrirían sus consecuencias devastadoras, encerrados en casa sin poder salir a jugar o relacionarse con otros niños, pero nos iban a dar una lección a todos/as con su entereza y fuerza, aguantando esos días de confinamiento con nobleza.

De todo esto es que antes no nos importaba lo que hacía o decía la gente, y ahora, como hermanos que somos, seamos de donde seamos, da igual el continente donde estemos pero podremos decir en voz alta que somos LIBRES y que RESISTIMOS a un enemigo invisible, porque estuvimos unidos dejando atrás el odio, las opiniones de cada uno y, con tan solo una voz, gritamos al cielo, que cómo el ave fénix lograremos resurgir de las cenizas más fuertes que nunca, dispuestos a luchar ante cualquier adversidad que el destino nos tenga preparado.

Manuel Torres

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Amanece, salgo al patio a ver un trocito de cielo, ver como día a día florece el rosal, es la vida que comienza. Unos minutos para orar y meditar. Encender una vela por los fallecidos por esta terrible pandemia y por sus familiares, dar gracias por vivir, por tener salud por tener techo y alimento, por los nuestros. Hacer yoga y concentrarse en el aquí y el ahora, pasar por toda la gama de emociones. No perder nunca la curiosidad ni las ganas de aprender cada día nuevas experiencias y sensaciones, lecciones que te da la vida, esperanza de ver a los tuyos pronto y poder abrazarles y decirles cuanto los quieres y los extrañas, contactar con las personas que han sido y son importantes en tu vida, con el anhelo de que se encuentre una panacea a esta terrible pandemia… En definitiva, vivir el día a día.

Carmen

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1 comentario en “Hasta la corona del virus – Microrrelatos IV”

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