37 segundos

Autoría: Joaquina Fernández

En estos días tan particulares, los aficionados al cine no tenemos más remedio que acudir a las plataformas. Entre las películas que he visto estos días, creo que esta producción japonesa tiene entidad suficiente para no dejarnos añorar la gran pantalla. Y lo digo en todos los sentidos, ya que no es la película amable que se ve desde el salón de casa en la sobremesa del domingo.

Méritos tiene de sobra. En principio, porque no es fácil tratar ciertos temas. No lo es hablar de discriminación por sexo sin caer en los tópicos habituales, pero los tópicos al menos trazan un camino. Lo que todavía cuesta más es abordar las minusvalías físicas sin ser blandengue ni morboso ni sacar a pasear los prejuicios. Y no olvidemos el peligro mayor: la condescendencia, esa máscara que utiliza el prepotente para que quienes considera débiles piensen que están a su altura, sin reparar en que lo que él tiene por hándicaps no les quitan ni un gramo de valor. Ese es el mayor mérito de Harari (Mitsuyo Miyazki), su directora y guionista, dejar a un lado la cáscara y mirar al personaje por dentro.

Aquí se nos muestra a una mujer. Una mujer artista, ¡Ah! Una mujer en silla de ruedas. ¿Eh? En fin, qué más da, esa circunstancia no sería relevante en sí misma pues no da las claves del personaje, aunque sí lo es para el relato, ya que por fuerza hay que hablar de obstáculos y circunstancias adversas. Esto es obvio, a no ser que vivamos en un mundo ideal, pero ¿quién no encuentra obstáculos en su camino? ¿conocen a alguien que no deba superar circunstancias adversas? Volvemos, pues, a lo de antes: cualquier discapacidad atrae prejuicios, discriminación por varios motivos, pero sobre todo la pena, que ya es terrible en sí misma, y con ella la condescendencia que mencionaba antes, más detestable aún si esto fuera posible. En este caso, tanto escenario como personajes son tan creíbles, sus reacciones tan asumibles, incluso las más inesperadas, que no es difícil sentirse bajo la piel de Yuma con todo lo que eso supone. Su aparente fragilidad, su increíble tesón… Un momento. Esto del tesón parece un tópico más del repertorio, pero cuando se trata de sobrevivir, de sentirse persona, de ser autosuficiente, de que el mundo tenga en cuenta nuestros logros, el tesón ya viene de fábrica. Aunque quizá deba usar otro término, ¿qué tal instinto de supervivencia? Sí, el mismo que nos haría bajar de una montaña a toda prisa, con varios huesos rotos, mucha hambre atrasada y un frío que agarrota los músculos.

Yuma (Mei Kayama) es artista de manga, pero está atrapada en su vida familiar y profesional. No es que se sienta atrapada, es que lo está realmente. Su parálisis cerebral tiene algo que ver, por supuesto, pero no por sí misma sino por el sambenito de invalidez que le adjudican los otros. La incoherencia está más que clara: es capaz de producir magníficos dibujos pero su madre no permite que se valga por sí misma y la cuida como si fuese un bebé; esos dibujos deberían servirle para subsistir, incluso para tener éxito, pero quien se convierte a sus expensas en una figura del cómic es la mujer que la ha contratado, ella es quien se lleva la fama, quien mantiene a Yuma en la sombra y no le deja más que las migas del festín. Esa suma de circunstancias la obligan a emprender un viaje de autodescubrimiento más allá de lo obvio.

37 segundos es una película luminosa, y lo es sobre todo por su absoluto realismo ya que es entre las sombras donde de verdad se aprecia la luz, y porque parte de un guión que desprende positividad y optimismo, puro amor a la vida con todos sus inconvenientes, sin ser ñoño ni complaciente con nadie.