VIOLETA, BLANCO, NEGRO

Autoría: Laura Freixas

bell hooks

Teoría feminista: de los márgenes al centro

Ed. Traficantes de sueños, Madrid, 2020, 259 páginas

“¿Cómo explicáis que las mujeres que os limpian las casas y cuidan a vuestros hijos mientras vosotras asistís a congresos feministas sean en su mayoría mujeres pobres y de color?”, preguntaba la actriz Daniela Santiago (citando a Audre Lorde) en el acto institucional del gobierno español el pasado 8M.

No voy a analizar aquí, mucho menos enjuiciar, el contexto político en el que se producían estas declaraciones. Pero quiero aprovecharlas para comentar un ensayo reciente que aborda las relaciones entre raza y género, o más exactamente, entre (anti)racismo y feminismo. Se titula Teoría feminista: de los márgenes al centro y su autora es la afroamericana bell hooks (que escribe su nombre así, en minúscula, para colocar el foco en sus ideas y no en su persona: “Lo importante es lo que digo en mis libros, no quién soy”).

Teoría feminista: de los márgenes al centro parte de una demoledora crítica al “feminismo blanco y burgués” encarnado por Betty Friedan, verdadera bestia negra (perdón por el juego de palabras) de la autora. Hooks tacha de burgueses, concretamente, tres objetivos de ese feminismo, a saber: la independencia respecto al matrimonio y la familia, la liberación por el trabajo, y la sororidad.

El ideal de “mujer emancipada” que vive sola, que ha cortado sus vínculos matrimoniales o familiares -y con más razón, el objetivo político de abolir la familia-, es burgués, afirma hooks, en el sentido de que una mujer privilegiada puede elegir la soledad sabiendo que no por ello se queda sin protección y sin cuidados, mientras que para las mujeres negras y/o pobres, los vínculos de interdependencia económica y sostén emocional que la unen a su familia y a su comunidad son vitales.

También la idea de que el trabajo libera a las mujeres, “alejó del feminismo a muchas mujeres pobres”, dice hooks. Porque el empleo en el que el feminismo burgués está pensando es el que consiste en una profesión interesante, creativa y no demasiado mal pagada, mientras que las mujeres pobres (lo que en Estados Unidos coincide en gran parte con las negras o latinas) tienen muchas más probabilidades de trabajar como limpiadoras, obreras o prostitutas.

Por último, hooks cuestiona la “sororidad”, que oculta, dice, “que muchas mujeres explotan a otras”. No por ello afirma que la raza y la clase sean los únicos criterios que hay que tener en cuenta para delimitar a explotadores y explotados: reconoce “la realidad del sexismo de los varones negros” (con el interesante apunte de qué éstos, y en general los hombres pobres, viven una dolorosa “contradicción entre la idea de masculinidad que les enseñaron y su incapacidad de vivir a la altura de esa idea”), pero cree que la unión de las mujeres debe hacerse basándose, no en un hecho biológico compartido, ni en una victimización común, sino sobre un compromiso político, un corpus de ideas compartidas.

Todas estas críticas, hooks las resume -y pone el dedo en la llaga- cuando se pregunta: si ser feminista es aspirar a que las mujeres sean iguales a los hombres, ¿a qué hombres nos referimos? Porque si se trata de los hombres blancos y burgueses, deberíamos darnos cuenta de que ellos, para mantener sus privilegios, necesitan imperativamente que alguien se encargue de todo lo que ellos disfrutan pero no asumen: el cuidado de niños y dependientes, las tareas domésticas, el “trabajo” afectivo, social y sexual necesario para cultivas los vínculos personales. En la actualidad, de esas tareas se ocupan sus esposas, por lo menos en parte, lo que repercute negativamente en su trayectoria laboral, en sus ingresos y finalmente en sus pensiones. Para liberarse ellas, recurren, como señala Audre Lorde / Daniela Santiago, a mujeres pobres y racializadas. Obviamente el sistema no es generalizable, pues ¿quién cuida a las hijas e hijos de la cuidadora?

Lo que hooks llama “feminismo blanco y burgués”, creo que en Europa podríamos traducirlo por “feminismo liberal” o “feminismo del techo de cristal”: uno que solo aspira a que algunas mujeres privilegiadas en términos de clase social puedan, individualmente, adquirir poder y prestigio dentro de las estructuras existentes (con lo cual las refuerzan) y compartir algunos privilegios hasta ahora reservados a los hombres de su clase. Y la crítica que le hace hooks es, en mi opinión, acertada. Pero creo que pueden hacerse a su vez algunas críticas a su pensamiento.

Lo primero que cabe decir es que, como ocurre tantas veces, las críticas al feminismo están mal planteadas en la medida en que los efectos negativos que señalan no se pueden atribuir a la igualdad, sino a su insuficiencia. Me explico: la escasez de opciones laborales para las mujeres pobres y de color no solo se debe a la injusticia de una sociedad racista y de clases, sino también al sexismo. Sabemos que a clase social igual, e incluso en el caso de que ellas tengan una formación superior a la de ellos, las mujeres tienen siempre, como media, menos ingresos, menos variedad de profesiones accesibles y menos posibilidades de ascender laboralmente que los hombres. Del mismo modo, podríamos señalar que el progreso profesional y económico lleva indefectiblemente a una mayor individualización y por lo tanto a un debilitamiento de los vínculos de comunidad, tan fuertes en los grupos marginados; dicho de otra manera, hooks es contradictoria cuando reclama, a la vez, el mantenimiento de esos vínculos y la emancipación de las mujeres. En cuanto a la sororidad, creo que las mujeres de distintas clases comparten muchas reivindicaciones (por ejemplo, la del derecho al aborto), pero tiene razón bell hooks en que esa agenda debe negociarse, pues puede haber intereses contrapuestos (por ejemplo, el “feminismo liberal” puede defender los vientres de alquiler o la prostitución, sabiendo que las explotadas serán mujeres, pero no de su misma clase).

Mi principal crítica a Teoría feminista: de los márgenes al centro, sin embargo, es una que haría extensiva a otros ensayos estadounidenses (como Whipping girl, un alegato por un feminismo transinclusivo, de la transfemenina Julia Serano): un enfoque casi exclusivamente psicológico de los problemas, un déficit de materialismo. “Una cosa es problematizar o examinar críticamente y otra diferente culpabilizar personalmente”, decía hace poco en un tuit Beatriz Gimeno, actual directora del Instituto de las Mujeres, interviniendo en la polémica provocada por el discurso de Daniela Santiago. Y situar el conflicto en el terreno personal es lo que hace una y otra vez bell hooks, cuando escribe, por ejemplo, que “deben cambiarse los patrones de conducta clasistas” (p. 31), que “quienes impiden el ascenso profesional de otras mujeres son mujeres, las trabajadoras sociales que humillan a sus usuarias a veces son mujeres ” (p. 92) o que “el énfasis en la sororidad esconde que muchas mujeres explotan a otras” (p. 85). Por supuesto, hay que cambiar patrones de conducta (¿no es eso lo que el feminismo pide a los varones?). Pero eso, desde luego, no basta. Y aquí es donde hooks decepciona. Porque no ofrece sino propuestas hueras, tanto en lo político (“cuando las mujeres se enfrenten a la realidad del clasismo y se comprometan políticamente a eliminarlo dejaremos de experimentar los conflictos de clase”, p. 111) como en lo económico, ámbito en el que no es capaz de apelar más que a una vaga “necesidad de la redistribución de la riqueza” (p. 107). Con todo, un ensayo que vale la pena.