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Reflexiones sobre el Covid-19 – Relato XVI

Autoría: Sonia Sanz

Acabo de tener una sesión con Antonia, una sesión on-line. Hemos repasado todo lo que me preocupa, como hacíamos antes, no hace mucho en su consulta en el centro de Madrid. Antonia es mi terapeuta, tengo ansiedad, entre otras muchas cosas me ha recomendado escribir todo lo que pienso para sacar mis demonios fuera.

Una de las cosas que más me conmueve del Coronavirus es el concepto de “distancia social”, nunca un par de palabras juntas me habían producido tanta tristeza. Lo que cuidaba antes era el espacio vital del metro, que podría ser un equivalente, ósea la línea imaginaria que trazas entre tú y el otro y que te permite no estar agobiada. La distancia social se quedará para la posteridad como un término de pandemina, de aislamiento, un término muy feo pero con mucho significado. Espero que no se quede para siempre instalado como concepto de lo que es “normal” en la sociedad post pandémica…

Escribo esto en la semana en la que se supone que tenemos los picos más altos de la enfermedad en Madrid, anoche 24 de marzo me notificaron la muerte de dos familiares de amigos, no se van a poder despedir de ellos, se ha instalado una morgue en el Palacio del Hielo (dado el aumento de mortalidad en mi ciudad y la falta de capacidad de la funeraria municipal) donde se les trasladará, y cuando acabe todo esto les entregarán las cenizas para que puedan enterrarles con sus familiares. El escenario no puede ser más frío y terrorífico… Según aumentan las cifras de fallecidos pasa del general al particular y empieza a tocarnos de cerca. La pandemia empieza a afectarnos a todos de una manera u otra tanto en lo económico como en lo personal.

Siempre me he imaginado una situación de pandemia y de estado de alarma con más agitación, con histerismo, con gente corriendo por las calles y bolas de fuego, algo así como el final de Joker o la película de Mad Max pero me he dado cuenta que es mucho más emocional, más dolor, más psicológico. Al final de todo esto, nos distinguiremos por nuestra capacidad de resiliencia, de personas que han sido capaces de superar la muerte cercana, la pérdida del trabajo, etc.  y las personas con secuelas psicológicas. Personalmente tengo miedo a salir de casa, llevo casi un mes encerrada y estoy en mi espacio seguro, el mal está ahí fuera, mi secuela será enfrentarme a la nueva normalidad…

No doy crédito al aprovechamiento partidista de algunos políticos como si la situación fuera una oportunidad para una campaña electoral en vez de una oportunidad para cerrar filas e ir todos a una, en un sistema sanitario que hace aguas precisamente por la privatización de hospitales llevada a cabo por los más críticos con la situación. Lo que toca ahora es arrimar el hombro y no poner piedras en el camino, esta pandemia no distingue de clases sociales, ni de nada. Tampoco doy crédito al odio de algunas personas en las RRSS que comparten post a diestro y siniestro sin ninguna fuente, ni fundamento, ni documentación, ni veracidad, base del rigor periodístico, solo haciendo demagogia en la plaza pública y repitiendo una mentira cien veces para convertirla en verdad, como se hacía con la propaganda nazi.

La cuarentena me he dado cuenta de que es un privilegio de clases y me pone triste, no es lo mismo pasarla en Madrid en un piso interior sin luz de 30 m2 que en un chalet en el campo con tu espacio para correr, pasear y hacer deporte al aire libre. Hay gente que no tiene acceso en sus casas a Internet y por lo tanto les es difícil trabajar desde casa y poder acceder a las plataformas de las tareas del colegio de sus hijos… Tampoco quiero imaginar a una mujer víctima de violencia machista conviviendo 24 sobre 24 horas con su maltratador, estos días se han multiplicado las llamadas al 016, el número de atención a las víctimas de violencia de género. Como feminista y militante es otra de las cosas que me produce un inmenso dolor, tengo una amiga trabajadora social en este servicio y aunque está acostumbrada, siente una enorme impotencia ya que es un mal momento para denunciar. También la situación ha fragmentado a familias que se han visto obligadas a separarse en medio del estado de alarma; un compañero de mi hijo de apenas con 17 años, inmigrante de Ecuador, está viviendo solo en casa, no tiene a nadie en España y su madre está trabajando en los cuidados de una anciana que es el sustento de los dos… Tremendo ¿verdad?

Pediría por favor a los señores famosos que dejen de hacer ostentación de sus bienes y riquezas. En estos momentos es una obscenidad… y que dejen de vendernos los medios de comunicación que esto es una oportunidad que nos ha puesto la vida y que es maravilloso para reconectar con tu interior. No nos hacía falta esta mierda para darnos cuenta de nada… es una prueba de fuego que se nos ha planteado sin más y que deberíamos saber gestionar (algunas personas con mayores herramientas emocionales que otras).

No se trata de transitar todo el rato por el dolor y la conmiseración de vivir en una sociedad distópica ahora mismo, sino de sobrevenir al dolor con lo que podamos (aunque no se puede estar en todo lo alto todo el tiempo). Si no fuera por los balcones, los conciertos on line, los directos de Instagram y Facebook, las conferencias a la hora del aperitivo con nuestros amigos, este encierro sería muy diferente. Menos mal que nos pilla hiperconectados en la era digital (para casi todas las personas) y podemos acceder a tutoriales varios para hacer lo que nos apetezca… Aunque la opción de no hacer nada se presenta como una oportunidad grandísima en un mundo capitalista siempre productivo, donde parece que parar para no hacer nada es un pecado… No hacer nada ya es hacer algo en sí mismo…

«Cuando acabe todo esto” es la frase más repetida en estos días. Pero, ¿y si no acaba? ¿y si empieza algo diferente?… Vencer al miedo al devenir, ir viviendo el presente sin proyectar nada… La pérdida de libertad individual es lo más doloroso de todo esto, con ir recuperándola poco a poco como quien recupera su tesoro más preciado, nos daremos con un canto en los dientes… aunque acabe progresivamente, pero ¡que acabe pronto por favor!… Mientras tanto #yomequedoencasa y sin juzgar desde mi balcón a la gente que sale de dos en dos, no hay otra…

2 de mayo de 2020, ayer salí…

Son las 3 de la mañana y no paro de dar vueltas en la cama. Me quedan otras 3 horas para levantarme. Es puente de mayo pero en esta ocasión no ocurre como en años anteriores, habitualmente nos vamos fuera, a la montaña o al campito y madrugamos para no pillar atasco en la carretera.

No puedo dormir por más que me empeño, es una sensación contradictoria, son los nervios de ir de viaje al día siguiente pero esta vez es distinto, no hay bares de carretera donde parar a tomar un pincho de tortilla o un café para espabilarnos, no hay coches, ni lugares donde estirar las piernas y continuar el viaje…

Doy vueltas a un lado y a otro de la cama, no me duermo, atraigo a mi memoria con tristeza la sensación de salir de viaje, el pellizco en el estómago, el subidón efímero de alegría de salir al monte a respirar aire fresco… Vuelvo a la realidad, me deprime, aun así por un momento tengo un golpe de emoción, voy a salir a la calle después de 52 días confinada y no haberla pisado ni para ir a la compra…

No sé si mi mente va a superar lo que voy a ver, estos días lloro con una serie, con música, con cualquier cosa que me resulte emotiva. No sé si voy a superar mi miedo al exterior, hace años padecí agorafobia y tengo miedo a salir de mi burbuja de seguridad, mi espacio libre de coronavirus.

Son las 6:30 de la mañana, he dejado preparada la ropa y la mascarilla que hoy estreno, despierto a mi pareja, llevo casi toda la noche despierta. No tomo café, tengo prisa por salir, por ver lo que me depara el “viaje”. El hotel de al lado de mi casa lo han medicalizado durante la pandemia, aunque yo no he salido, mi vecina me mandó días atrás un vídeo muy duro, mi calle principal de referencia como escenario de guerra, la UME (Unidad Militar de Emergencias) en la puerta del hotel y dos ambulancias de UVI móvil, hoy voy a pasar por delante del hotel…

Abro la puerta y salgo a la calle, llevo alcohol de manos en el bolsillo, me froto las manos con él y la mascarilla puesta, me resulta difícil respirar pero no me la quito. Comienza el paseo, apenas nos cruzamos con algunas personas, llegamos a su altura, nos separamos… Durante una hora damos un paseo por el barrio, pasamos por delante del hotel, está cerrado con un cartel en la puerta que indica su próxima apertura, la fachada parece fumigada…

LLego al Puente de Toledo donde veo el parque de Madrid Río, el puente de la Arganzuela… La única certeza es que la naturaleza sigue, las flores de arbustos y plantas variadas ya han salido en el parque, el cielo está hoy esplendorosamente azul, los comercios están cerrados pero nada fuera ha cambiado… Los únicos que hemos cambiado somos nosotros después de esta experiencia y no tengo claro que todo el mundo lo haga por igual…

Ayer salí y hoy lo haré de nuevo. He vencido mi miedo, he podido dormir, pienso respirar fuerte y disfrutar del espectáculo que mis ojos me brinden, no aspiro a más, al día a día, a retomar el contacto con mis seres queridos en la “nueva normalidad”, pero ese es el futuro ya… Quiero agradecer al destino o a la suerte que tengo salud y trabajo (algo que personas de mi entorno han perdido) y sobre todo que puedo salir, hay mucha gente que esta pandemia se ha llevado por delante y no gozarán de ese privilegio, aunque mi máxima aspiración y la de tod@s la encierre una sola palabra, LIBERTAD.

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