NISE, la tragedia de Inés de Castro, de Jerónimo Bermúdez, desde los ojos de Nao D’Amores

Autoría:

Titulo: Nise, la tragedia de Inés de Castro.
Autor: Jerónimo Bermúdez (1530-1605)
Compañía: Nao d’amores
Dirección: Ana Zamora
Lugar: Madrid, Teatro de la Abadía (y gira después)
Fecha: 12-30 de Diciembre Madrid, 3-4 de Enero 2020 Segovia (y gira)

En pleno siglo XVI, el humanista gallego Jerónimo Bermúdez escribe Nise lastimosa, Nise laureada. Nise, anagrama de Inés, refiere la historia que creó leyenda de la ourensana Inés de Castro, quien llegó a la corte portuguesa como doncella de la reina Constanza cuando aun no mediaba el siglo XIV. Al morir Constanza, Inés y el infante viudo, Pedro de Portugal, viven un romance profundo, escándalo para los intereses del estado. Los nobles, los consejeros llegan a convencer al rey de que esos cuatro hijos «ilegítimos» de don Pedro e Inés, tanto como su «vergonzosa» relación (¿hay que añadir sincera y amorosa?) pueden llevar, si la pareja se casara oficialmente, a que Portugal acabe siendo una mera parte de España. Por eso, para que nadie olvide que el poder anula los sentimientos y es capaz de toda la crueldad que sea necesaria «por el bien común», Inés será asesinada «legalmente». La venganza del infante, ya rey, pasará por desenterrar el cadáver de su amada, dos años después de muerta, coronarla reina y ejecutar «legalmente», a su vez, a quienes la mataron a ella. en estado de alerta, como solo el rito del mejor teatro permite, asistimos a acontecimientos que han podido mutar en su expresión pero que, sin embargo, reconocemos en la estrategia.

¿Cómo se enfrenta Ana Zamora, capitana de esa Nao d’amores que solo navega belleza y compromiso, para que el texto hable hoy con la misma actualidad que en el momento en que fue escrito? Para empezar, con una dramaturgia y una dirección impecables, con ayuda de Verónica Morejón, donde volvemos a reconocer el preciosismo de su puesta en escena, que deviene rebelión, naturalidad en el misterio y elegancia. A su lado, la importancia crucial de las músicas históricas conducidas, una vez más, por Alicia Lázaro y el directo de Isabel Zamora y Alba Fresno. O la danza (qué certero Javier García Ávila) creando remolinos entre lo bello y lo siniestro, y envolviendo, en las palabras que se muestran en ella, aquello que los intereses espurios de cierto ejercito falaz del poder quieren ocultar (impecables esos versos a los que ayuda la maestría de Vicente Fuentes).
Esta Nao viaja, además, con una pléyade exquisita de actores que, como en las constelaciones, brillan en su individualidad para mostrar una fuerza escénica cómplice en el conjunto. Nombremos: José Luis Alcobendas, Javier Carramiñana, Eduardo Mayo, Alejandro Saá. Y la inteligentísima elección, para marcar el tiempo de la trama, del contratenor José Hernández Pastor, cuya sorprendente voz desenmascara toda masculinidad despiadada en sus objetivos que nada tienen que ver con ser hombre, sino con imponer un orden que ordena con violencia; y que ha escrito su historia como si fuera «la Historia».

Ana Zamora y toda su tripulación saben que la imaginación es la verdadera guardiana de la dignidad porque señala los espacios que la enfermedad social entierra. Niños-marioneta (atención al trabajo de asesoría de títeres de David Faraco, y de máscaras de Fabio Mangolini) que conmueven, tejidos artesanales que abrigan pero también desvelan la frialdad de las relaciones comerciales (originalísimo vestuario desarrollado por Deborah Macías, Irma Vallés, Ángeles Marín y Maribel Rodríguez, con La Real Lana).
Iluminación -de M.A Camacho- que lleva nuestra vista ética a los pasadizos donde el poder diseña escenografías que confundirán el agua y la sangre, la mezquindad y lo sagrado (cuántos caminos en la propuesta de Ricardo Vergne).

Y, lo dejamos para el final, donde la fuerza luminosa de Natalia Huarte-Inés de Castro duele tanto, que no podemos abandonar la sala sin ofrecerle nuestra emoción como tributo y compromiso contra la barbarie. La barbarie… sean cuales sean sus pretendidas metas, obscena y arrogante o camuflada en la «bondad» mezquina de cualquier ideología que permita, en cualquier tiempo, en cualquier lugar, la muerte de una mujer llamada, por ejemplo, Inés. Por ejemplo, no solo…