relato coronavirus clásicas y modernas

Los días del ruido – Relato VII

Autoría: Elena Belmonte

La pandemia me sorprende en casa de mi amiga Virginia, en mitad del campo. Allá a lo lejos treinta casas en forma de aldea y enfrente de esta ventana, un caballo blanco, manchado de barro, que pasta a todas horas y una casita, subiendo la loma, donde vive un maestro.

Desde hace cuatro semanas.

En el supermercado de la aldea algunas señoras me dicen que me vuelva a la puta ciudad de la que vengo cuando me escuchan hablar con otro acento. La manceba de la farmacia me insulta por lo mismo, porque no tengo vergüenza y he venido de fuera a perjudicarles.

Por las mañanas camino muy deprisa por el patio de mi amiga Virginia. Doy exactamente sesenta vueltas que me llevan cuarenta y cinco minutos exactos. Hablo con las grietas del suelo y con esa flor diminuta y amarilla que crece entre dos baldosas. Les pregunto a ellas cómo ha podido suceder esto, por qué tendrá ese virus un nombre tan largo.

Nunca camino sola. Mi teléfono móvil se llena de pitidos de mensajes. Leo muchos “buenos días”, leo voces que preguntan a otras voces cómo están, leo chistes, leo protestas, un vecino de mi comunidad dice que el maltratador del segundo ha estrellado una paellera contra las macetas de mi patio.

Leo todo esto y miro al caballo blanco, manchado de barro, él me mira también a ratos y quisiera que me dijera si sabe que le necesito; necesito mirarle y sentir que está ahí, como si pudiera hablarme, contestarme cuándo podré volver a la piscina o a la sala de algún teatro.

Durante las comidas, la televisión arde con políticos que se increpan, con imágenes de personas que huyen, con sanitarios que despiden entre vítores a los enfermos curados, con jóvenes que tocan la guitarra, con vecinos que felicitan por su cumpleaños a otros vecinos, conciertos improvisados en azoteas, aplausos desde los balcones por esas personas en primera línea de batalla, saetas desde los balcones porque empieza la Semana Santa.

Llamo todas las tardes a mi hermana que se hunde en la molicie, ha dejado de leer y de hacer jabones y eso es muy mal síntoma, Le hago cientos de preguntas para levantarla de la cama. Llamo a mi amiga Amparo que acaba de perder a su marido y le digo en trece idiomas que lo siento, llamo a todos esos amigos que están solos y que hablan sin respiro de que llevan bien el confinamiento y mienten sobre lo extraordinariamente bien que lo llevan. Hablo con alumnos por videoconferencia. Ana nos cuenta que en su trabajo esencial están amontonados, Paz habla del hijo que perdió hace años, Victoria nos dice que intenta entretener con ejercicios de yoga a su madre anciana, Antonio cuenta los platos que está aprendiendo a cocinar, y Pilar que ha tenido que suspender sus sesiones de quimioterapia porque ir a un hospital ahora …

El teléfono móvil sigue pitando. Mensajes de amigos que no sabía que siguieran siendo mis amigos, me preguntan por otros amigos que tampoco sabía que recordaran ya.

A las ocho de la tarde apago el móvil y me pongo a escribir. Me invento los capítulos de una novela muy larga sobre el maestro que vive en la única casa que hay cerca, subiendo la loma. Parto de la luz naranja que se ve en una de sus ventanas y presupongo su vida, página a página; hago que hable con su madre y le cuente que se le ha quemado la cena, hago que hable con esa amante que tal vez le visita por las noches, hago que hable por teléfono con su enemigo y le exija el dinero que le debe, me invento pistolas que disparan y voces que gritan.

A las nueve de la noche lo dejo porque el maestro, la persona real que él es, ha salido de su casa y está tocando la gaita. Pero nadie le escucha porque a esas horas el valle entero retumba de cansancio, de nostalgia, de incertidumbre y de miedo.

Mi amiga Virginia se apoya en la ventana y mira al maestro y mira al caballo, manchado de barro, y se vuelva y me mira a mí y no dice nada. Pero yo me empeño en preguntarle qué haremos de cena, si le sigue doliendo la espalda, si ha conseguido hoy hablar con su hijo.

A las doce de la noche la cama parece tener brazos, brazos que me llaman. Me hundo en ellos mientras al fondo miles de muertos me preguntan cómo nadie les ha despedido. Cuando llegue el silencio; porque no haya palabra que sostenga nada, tal vez sea capaz de comprender lo que tapaba todo este ruido.