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Leído en tiempo de aislamiento… – Relato XII

Autoría: Ana García Negrete

Una tarde tras otra me acomodo en mi butaca dedicada a salvarme del Covid 19, rodeada de libros, cuadernos y lápices a un lado, y el teléfono y la tablet al otro, como una prolongación del cuerpo en tiempo de ansiedad. Caigo en la cuenta al escribir de la división topográfica de mi cerebro adaptado a nuevas circunstancias domésticas.

He vuelto a enganchar el periódico rastreando noticias que levanten mi ánimo. Al menos lo intento, y para no ponerme atrófica ni dengue, contagiada de una atmosfera que no comparto, siempre encuentro asuntos que me despiertan de la hibernación disciplinada en la que nos hemos instalado.

Pero, empiezo a leer, ya sin sobresalto -un par cada 24 horas adormecen mi capacidad sensitiva- acerca del estado de la nueva situación política, pongamos por caso, en Hungría. Parece ser que este marzo de horrible primavera algunos lo aprovechan sibilina o estrepitosamente para ir reduciendo el margen que nos queda en los, legalmente, reconocidos derechos fundamentales y libertades públicas. Leo al tiempo las protestas de algunos gobiernos europeos por la dilapidación del derecho democrático del tipo que los ha usurpado, un tal presidente del país, licenciado en derecho. Me ahorro cualquier mayúscula.

Leo a mi vez, las furibundas críticas de una parte de la ciudadanía y de algunos partidos políticos lanzadas a su Gobierno por la falta de diálogo al tomar decisiones que conciernen a todos, y aún peor, leo sobre el fracaso estrepitoso de estas, en sus malos augurios.

Leo que tales críticas, según otros, se derivan de que ahora no les toca gobernar y que su tono áspero busca que el mundo no se olvide de que existen y se oponen. No he leído propuesta o estudio concluyente que demuestre que alguien sabía, en pretérito, hacer lo correcto en mi país y en otros cuantos. Pienso que esa debe ser la razón por la que nadie lo haya hecho.

Días después, leo que en los países gobernados por presidentas y primeras ministras han salido del atolladero de forma casi olímpica. Leo sobre Portugal y me dan ganas de irme al Alentejo. Así es que, compenso mi “bajón” escuchando “Grândola, Vila Morena” recién no más pasada en un wasap de amigas milagrosas.

Después de esta pausa henchida sigo leyendo sobre la falta de democracia interna que existe en los partidos llamados democráticos. Lo denuncian sus afiliados. Nada nuevo. Lo constatamos en cada elección mirando las listas que nos obligan a votar.

Leo las dispares opiniones sobre el aislamiento que la OMS pide para frenar el virus. Leo a la legión de expertos de cualquier cosa que pueda pensarse y todas sus recomendaciones contradictorias. Leo acerca de noticias desfasadas refritas de novedad y viceversa. Leo a quienes advierten que leer es algo más que dar toques con el dedo sobre pantallas o fijarse en titulares.

Leo cómo evolucionó el empobrecimiento de la sanidad en la pirámide contributiva de los presupuestos. Leo que no todos quieren vivir en una sociedad así. Leo la tentación de privar  lo que es propio de la comunidad, para privatizarlo por el bien común.

Leo cómo algunos gobiernos solicitan personal sanitario entre los refugiados sin papeles a los que negaron, sistemáticamente, derechos y capacidades para contribuir a las ciudades a las que llegaron.

Leo los puntos de vista de la ciudadanía ante la falta de previsión de sus gobiernos y sobre las medidas económicas que no se han adoptado sobre sectores excluidos que deben hacer frente a lo que vendrá. Leo sobre la ruina que algunos vaticinan inevitable. Leo de nuevo a la legión de expertos en intereses propios y ajenos.

Leo y escucho las voces de la Cultura, pongo mayúscula, que parece la fémina eterna en una sociedad de hombrones. Leo que los hombres también sienten esta discriminación intolerable.

Leo a artistas divinos, actrices trasmigradas, guionistas insurgentes, librerías atrevidas, directores y poetas contracorriente, salas de exposiciones y teatros inspirados, clamar sobre la pobreza a la que se abocan. Me digo que la Cultura solo ha sido importante para una parte de la comunidad. Leo las acciones decididas que están dispuestos a poner en marcha si todos colaboramos. En ese “todos” no sé exactamente quienes entran y quienes se quedan fuera.

Vuelvo a pensar en aquellos que descartan que deba ser esencial. Recuerdo que el poder raramente apoya el derecho a pensar libremente. Leo hace tiempo que expandir la confusión es el mejor antídoto contra la información. Leo que el poder no vive necesariamente en los escaños.

Hace mucho tiempo que leemos sobre las evidencias que impactan en nuestra amada Naturaleza, el Medio Ambiente, la Pureza del Aire y del Agua; el respeto a los distintos Continentes y sus Hábitat; los Animales y sus espacios a los que ahora vuelven por derecho propio. He leído y leo la voracidad de los Hombres, el apetito por la Acumulación a costa de los otros y de nosotras, y las Hambrunas que todo esto ocasiona. Leo a quienes se dedican a la pequeña y mediana industria artesanal que viven en el entorno de sus huertos, queserías y granjas. Pueblos y campos libres de virus… clausurados.  

Leo las razones prioritarias que se defienden para salvar vidas, contrarrestadas cada día por opiniones divergentes. Leo las advertencias de orden económico sobre lo que todos perderemos. No todos por igual, me pellizco. También leo sobre esta pasmosa realidad, aunque nada de esto sea tampoco nuevo.

Leo las recomendaciones de las policías nacionales a ciudadanos que traspasan los límites de lo permitido. Leo noticias sobre los denunciantes a voz en cuello y teléfono en ristre, y mi vergüenza tropieza con Torquemadas de nuevo cuño. Añado la mayúscula al miedo. Leo referirse al “no hay derecho” de forma constante. Raramente encuentro alguna entrada sobre el interesante capítulo de las obligaciones.

Leo las advertencias sobre sujetos que engañan en la redes y pedófilos que aprovechan más que nunca para atraer a la infancia hiperconectada. Me pregunto si existirá la palabra “conectivizada” aplicada a los gulag modernos.

Leo sobre el repunte de la violencia de género en situación de aislamiento. ¡Y tanto! me refuerzo, quedaron aisladas en manos de sus captores. Cuando bajo al super, la cajera me pregunta en su tono habitual de comentarista “¿será para que mueran antes? si el decreto las condena a la peor de las cárceles…”.

Leo las estadísticas cuando subo, ya sin resuello, al terminar la compra. A estas fechas vamos por dos asesinatos, y sumando.  No leo lo que ocurre dentro de las casas. No se da fe sobre lo que una se imagina, me digo. Aunque sea fácil de saber. Aislamiento.

Leo el testimonio de algunas familias. Coinciden en lo irrespirable que puede ser la convivencia en espacios que a duras penas llegan a los 40 metros para varios habitantes, donde la crisis iniciada en 2008 sigue instalada, sin retroceso que la mengüe ni proporcione un respiro. Esto lo ha debido pensar y leer mucha gente, antes y después que yo.

Leo sobre la acumulación obscena del Capital, le doy a la mayúscula, por una mínima parte de las personas que viven a cuerpo de rey en el mundo. Leo cómo los donativos que entregan algunas de estas fortunas, levantadas con la inevitable aportación del resto de la humanidad, deben elevarse al summun del reconocimiento social, sin siquiera apuntar el origen de tal acumulación. Que se sepa que aún quedan almas altruistas.

Leo sobre la pérdida de malos y buenos puestos de trabajo, sin poder vislumbrar lo que vendrá después de salvar la vida, de momento. Recuerdo que dios ha muerto hace siglos.

Leo peticiones de ciudadanos que reclaman el dinero circulante, “captado” en el estrato superior de las instituciones democráticas. Preguntan los reclamantes si, devolver el superavit ganado injustamente, así como los fondos ilegales, no debería ser una consecuencia del compromiso adquirido por tales sujetos políticos, previo a la obligación legal de su puesta a disposición de la comunidad y de los servicios que hará falta reforzar. A este punto, observo que se trata de usurpaciones mondas y lirondas, radicadas en el abuso de poder y las malas influencias. Me pregunto por qué el uso del lenguaje alude tozudamente a un espacio “superior” imaginario. Construcción ideológica y semiótica de las palabras, me respondo. “Los de arriba”.

Oigo los aplausos y acompaño los míos dedicados diariamente a sanitarios y científicos y a una larga lista cada vez más larga, revelados como héroes a los que agarrarnos cuando lo que está en juego es nuestra supervivencia. ¿Y después?, me apuesto. ¿Lo seguirán siendo para cada quién?

Leo sobre las interpretaciones que cada persona hace de este tiempo, de las decisiones, escalas, gráficos y proyecciones y, es fácil corroborar que no existen dos opiniones iguales, ni siquiera diez o quince opiniones iguales, ni siquiera iguales al número de siglas de los partidos políticos, sindicatos, sus escisiones y corrientes. Por fin llego a una de las alegrías que consigue darme la lectura y me tranquiliza saber que seguimos pensando de maneras diferente, pero como la alegría no dura eternamente, llego a leer conclusiones de vocación totalitaria que me dejan algo boquiabierta o estupefacta, pero ya digo, mi capacidad de sorpresa va menguando.

Todo esto que he leído me lleva a meditar en la lógica que atraviesa, desde todos los puntos cardinales y hasta los calzones, nuestra certeza de que apenas va quedando espacio para intervenir en las decisiones de distinto ámbito y que la insatisfacción o la frustración predomina sobre cualquier otro sentimiento colectivo. Cuando no son de abandono o conformismo.

Leo la propaganda que se impone a la ciudadanía hace mucho tiempo, o todo el tiempo, ignorando razones previas que explicarían tales sentimientos. Me repito que venimos reflexionando sobre ello hace siglos, aunque se nieguen argumentos incontestables cuando no coinciden con lo que la propaganda dictamina. Vuelvo a pensar en lo que leo cada día sobre la Cultura. La falta de pensamiento podría arrojarnos en manos de un autoritarismo de pesadilla cuando haya pasado lo más urgente. Escucho las peticiones de dimisión a toda costa, a las siete o a las nueve, las caceroladas y los insultos más voraces dirigidos al Gobierno aderezados con el himno nacional de fondo. Cierro mis ventanas para que no entre el odio.

Lo que leo me advierte sobre la situación de “nuestras libertades”, o lo que coloquialmente entendemos por tales, en un futuro poco alentador, con pérdida de autonomía, de decisión sobre la intimidad, del espacio propio, del “bien común”. Habrá que discernir entre lo imprescindible y lo innecesario. Y habrá que decir que “nuestras libertades” son asunto público y común impostergable.

Aún leo que hay quienes confían en salir fortalecidos, y leo a quienes dicen que seremos mejores después de esta experiencia. De toda esta barbarie, qué podemos y cómo, defender y salvar. Qué lenguaje utilizaremos para hacernos entender y explicar lo que es más importante para cada persona contando con el resto. El lenguaje del ahora parece mostrarse gastado y lleva demasiado tiempo acumulando tal número de clichés, estigmas y cargas ideológicas contradictorias y maniqueas, que revela por sí mismo que ya no sirve para decir, según qué cosas.

Quienes resuelvan nuestro inmediato o medio futuro, serán quienes detenten el poder, económico y político, y allí se retratarán cada uno de ellos. Europa también. Habrá vencedores, a salvo de miserias y estrecheces, que harán creer que todos ganamos porque no morimos. Habrá quien pierda o retrase su futuro, por tiempo indeterminado. Lo mismo que sus descendientes, privados de alcanzar los objetivos vitales y educativos que hubieran podido elegir con sus ganas de ambicionar.

Nos hemos conducido a un aislamiento necesario y con él llegó, el teletrabajo inevitable, el autocontrol imprescindible, la banalidad del consumo digital y del entretenimiento; también de la solidaridad aún más imprescindible, sin mucho meditar, más allá de lo inmediato.

Hoy se alaba nuestra obediencia, el cumplir las expectativas que nos son comunes, y parece que estamos contentas por ello. En la colectividad está delimitar los límites de lo soportable cuando esto termine. Y salvaguardar un espíritu de ciudadanía que no de súbditos, evitando el redil que podría llegar a ser nuestro espacio futuro.

Y una vez leído que nadie estamos contentas, porque la tragedia nunca proporciona comodidad, deberíamos empezar a pensar que podemos enfermar en el futuro, incluso morir o convertirnos en el  último ser salvado al extremo de la vida que, cuando llegue el momento de aplaudirle, de todas formas habrá de volver a su casa, aunque no tenga casa, dinero, ni trabajo. A nada que te descuides, estarás expulsada de la esperanza media de vida, y me pregunto: después de los primeros y siempre escasos impulsos solidarios, qué quedará para los grupos vulnerables, dignos como cualquier otro, no solo frente al virus.  Entonces, ¿cuál será nuestra respuesta y su lenguaje?