relato coronavirus pesadilla

La pesadilla – Relato II

Autoría: Víctor Antón Valero

Oscurece, ya casi es de noche. Me asomo a la ventana y veo que hoy no hay mucho tráfico, solamente pasa un coche o un autobús de vez en cuando. Tampoco veo a mucha gente paseando y es raro porque hace una noche muy agradable, ni frio, ni calor.

Conecto la TV pero está muy pesada, casi todos los canales están dando informativos, menos Tele5, claro, donde están poniendo “verde” a algún famosillo.

Decido irme a la cama y dormir, me he tomado una pastilla para que me ayude, ya que llevo varios días, sin poder hacerlo con reposo.

Como hace ya varios años, procedo a buscar un sueño de enlace. Un sueño que me permita enlazar con otro y así dormir plácidamente. Repasando entre los sueños que practico, elijo uno que, aunque me perturba un poco,  también me produce alguna sensación de libertad.

Se trata de imaginar la calle Gran Vía de Madrid, desierta de personas. Comienzo a subir desde Cibeles, no encuentro a nadie en el camino, aunque si coches, pero están vacíos y parados. Es como si sus ocupantes hubieran huido con urgencia, como si algo hubiera pasado, los coches parados, con las ventanillas bajadas, objetos por encima de los asientos, carteras, pañuelos, mochilas infantiles. Todo ello me produce cierta inquietud que se agudizada al ver todos los cierres de las tiendas y de los comercios bajados totalmente.

¡DONDE ESTA LA GENTE! grito desde la calle, pero nadie responde, no hay nadie. Me calmo, sigo caminando, todo lo que veo es igual, coches parados, algunos en los semáforos como si estuvieran dispuestos a salir, pero todos vacíos.

Me he fijado que incluso tienen las llaves puestas y me decido a entrar en uno de ellos, elijo un modelo de Peugeot que siempre me ha gustado. Al voltear la llave para arrancar el coche no sucede nada, es como si no tuviera batería, no hace ningún ruido, ni siquiera suena ese “clac” típico de los coches que han perdido la batería.

Me bajo del coche y sigo caminando por la calzada de la Gran Vía, sorteando los coches parados, en ocasiones dando vueltas alrededor de ellos. Esta sensación si es agradable, es la libertad de poder moverte por donde quieras, sin que nadie te diga lo que debes y no debes hacer. Pero al mismo tiempo me siento solo, completamente solo, como un náufrago en una isla desierta. Todo es una sensación contradictoria.

Ya he llegado a Callao, desde aquí se ve lo queda de Gran Vía prácticamente vacia, al fondo un autobús, algún coche junto a Plaza de España, pero nada más, aquí tampoco hay nadie, todo desierto. -¿Sera posible que no haya nadie en Madrid?- ¿Qué les habrá pasado? – ¿Se habrán muerto todos, niños, mujeres, hombres, viejos? – ¿Por qué? -Me hago estas preguntas continuamente, pero desconozco las respuestas.

Mi sueño ha pasado a otro estado, he caído en otro mucho más profundo.

Estoy en casa, solo, no veo prácticamente a nadie en la calle,  solo alguna persona anda con rapidez, se dirige a la estación de Delicias-Renfe o sale de ella. Algún coche, pocos, circulan por el Paseo de las Delicias. No es domingo, ni tampoco es temprano.

Enciendo la TV y veo que están dando noticias de una ¿pandemia? –no entiendo nada- presto más atención y dicen que efectivamente es una pandemia, originada en China y que está recorriendo diferentes países y a su paso va dejando muertes y enfermos.

Al parecer hay una cuarentena (de 15 días), posiblemente ampliable y en la que es obligatorio permanecer en el domicilio

Dicen que se trata de un virus que afecta a cualquier persona, de cualquier estatus social, ricos o pobres, …

Aunque realmente no parece que sea de esa forma, una familia que vive hacinada en un poblado chabolista, o en un campo de refugiados, o en la calle, tiene bastantes más posibilidades de contagiarse con ese virus que el que vive en un gran chalet con jardín, donde el personal de limpieza desinfecta constantemente su vivienda, no es lo mismo confinarse en un chalet con piscina y todas las comodidades, que en un piso de 30 m2 interior desde el que no se ve la calle; no es lo mismo tener un colchón económico suficiente, que vivir al día y ahora con un ERE. No, no es lo mismo.

 Han pasado varios días, la situación lejos de mejorar empeora cada vez más. Hay menos gente por las calles, pero todavía se ve alguna persona paseando. Los vecinos desde sus ventanas y balcones salen a gritar a estas personas que vuelvan a sus casas, ¡¡NO SE PUEDE ESTAR EN LA CALLE!! les gritan, con cierta violencia. Pero la gente que pasea, ni los mira.

La población mantiene su confinamiento, con mucho nerviosismo, yo diría con miedo. Hoy he bajado al super a comprar y las situaciones que se producen son tremendas. De camino me he encontrado con varias personas, antes de cruzarnos, la gente se apartaba o se pasaba al otro lado de la calle, evitandome. Era como si yo tuviera dibujado en la cara “soy portador del virus”.

Ya en el supermercado y después de esperar la cola de rigor para poder entrar, he ido recorriendo los pasillos para comprar las cosas que necesitaba de nuevo las estanterías están vacías y por supuesto no hay papel higiénico. Sólo he podido comprar una parte de la lista que llevaba, ¡qué le vamos a hacer!, volveré en otro momento.

Mientras que estaba en el super he contemplado una escena, en la que al final he tenido que intervenir.

Se trataba de dos mujeres no muy mayores, de entre 50 y 60 años, al parecer eran vecinas y se estaban saludando, respetaban entre ellas el metro de seguridad de distancia establecido por las autoridades, y charlaban de sus cosas. Ya cuando se despedían una le dijo a la otra –en esta situación no podemos abrazarnos, ni darnos la mano, pero te mando un beso muy fuerte- y se llevó la mano a la boca, se la beso, de forma muy sonora y se lo lanzo en la distancia. Después se dirigió hacia donde yo estaba, el pasillo de los yogures y empezó a rebuscar entre ellos, imagino que buscando aquellos que caducan más tarde, como todos hacemos, y ha sido en ese momento cuando me he dado cuenta, -señora, no puede ir usted tocando todos los envases de los yogures después de haber llevado la misma mano a la boca para lanzar un beso, si usted estuviera contagiada acaba de contaminar todos los envases y todo aquello que toque con esa mano-. La señora me miro con cara de estupor, consciente de que había hecho algo mal. Y que hago, me dijo, avisamos a uno de la docena de vigilantes que estaban controlando en el super y le explicamos la situación, rápidamente llego un hombre con un paño y un desinfectante y aparto los yogures que la señora le indico que había tocado y se quedó allí limpiándolos. A la señora le dijeron que saliera del super y que buscara un lugar donde lavarse las manos y antes de entrar se pusiera guantes de elegir la fruta. Todo termino sin más incidentes.

El número de infectados aumenta todos los días en varios miles, las UCI de los hospitales están repletas, las muertes son cada vez más numerosas. Y lo peor de todo esto es que las personas que mueren, no pueden despedirse de sus familiares, son incineradas rápidamente, por temor a que existan nuevos contagios.

En las residencias de mayores los abuelos mueren con mucha frecuencia, la mayoría de ellas son privadas y no disponen de personal sanitario suficiente, en algunas de estas residencias el medico está de baja por haber sido contaminado y no ha sido sustituido por otro, igual pasa con las enfermeras. Evidentemente estas residencias que han sido un gran negocio todos estos años atrás, no quieren perder la posibilidad de seguir siéndolo y en ocasiones certifican la muerte de los ancianos por otras razones diferentes a la del virus asesino, escondiendo la verdadera razón de la muerte.

Han pasado ya varios días, hoy es el día 34 de encierro, cada vez veo menos personas en la calle, pero todavía se ve alguna. Ya no hay gente paseando a sus perros, han cambiado las medidas y el gobierno no permite alejarse de su portal más de 50 mts. Solamente se puede ir a la farmacia o al super una vez por semana, pero estos establecimientos solo abren 3 días por semana.

De pronto, desde mi ventana, veo a una mujer, de rasgos orientales, corriendo hacia la estación de Renfe, corre con desesperación, como si alguien la persiguiera, como si huyera de algo y de repente suena un estampido. La mujer cae al suelo, no se levanta, y unos segundos después un charco rojo, de sangre, rodea su silueta. ¡Le han disparado! Han desaparecido las personas que pudiera haber cerca, ahora no hay nadie. A lo lejos suena una sirena, un camión militar se aproxima y para a la altura del cuerpo de la mujer, dos personas bajan del camión, van vestidos de camuflaje (no sé si son militares) y con los rostros tapados; recogen a la mujer y la introducen en el camión, uno de ellos vuelve y tira arena encima del charco de sangre. El camión desaparece rápidamente.

En las redes sociales he visto que este “incidente” no ha sido único, al parecer hay otros cuatro casos en la ciudad, nadie sabe bien las razones, pero algunos apuntan a que hay francotiradores de extrema derecha, con rifles de precisión que disparan a todo aquel que les parece extranjero, con predilección a las personas con rasgos orientales.

Hoy por la noche, a la hora que todos salen a aplaudir al personal sanitario, aunque se olviden de las cajeras de los supermercados, de las personas que realizan la limpieza, de los transportistas, de los trabajadores de las gasolineras, se han oído otras voces ¡LUCHEMOS CONTRA EL VIRUS COMUNISTA!, ¡MUERTE A LOS CHINOS!, ¡MUERTE A LOS EXTRANJEROS QUE NOS HAN TRAIDO EL VIRUS!

Creo que todo el mundo se está volviendo loco. Ahora le doy más credibilidad a lo que leí esta mañana, sobre la gente que dispara a otras personas, aprovechan que la multitud sale a aplaudir para lanzar sus proclamas racistas y locas.

Hoy he bajado a la farmacia, necesito comprar los antibióticos que me receto el médico, al volver caminaba detrás de un hombre negro, que volvía la cara de vez cuando con una mirada de desconfianza, ¿hacia mí? De pronto sonó un estampido y el hombre cayó al suelo, también le habían disparado, tenía un agujero en el cráneo. Con miedo mire hacia arriba y conseguí ver como un hombre retiraba un fusil de su terraza. Corrí hacia casa todo lo rápido que pude, al llegar encontré a una vecina que salía del portal con el carro de compra y con voz entrecortada le grite ¡DOÑA RAMONA, NO SALGA A LA CALLE, ESTAN DISPARANDO A LAS PERSONAS, POR FAVOR NO SALGA!  Ella me contesto, con un poco de sorna, estarán disparando a los extranjeros hombre, como van a disparar a un nacional. La mire con estupor, no podía creer lo que decía, la deje y subí corriendo por las escaleras a casa.

La sociedad se ha vuelto loca, donde está esa solidaridad entre vecinos de la que tanto habla la tele, donde está el fondo bueno de las personas, donde están los aplausos, donde …

He abierto los ojos, una sequedad enorme me recorre la garganta, me levanto con miedo de la cama y con más miedo aun, miro por la ventana. Hay un sol reluciente, hay gente en la calle, niños jugando con sus bicicletas y patinetes, madres que pasean a sus bebes subidos en un carro, jóvenes trajeados que andan a paso ligero con una cartera en las manos, abuelos sentados en los bancos de la plaza charlando entre ellos, abro la ventana y escucho el ruido que hacen, mucho ruido.

Menos mal, todo ha sido un sueño, un mal sueño.