La pensadora que no temía a los hombres

Autoría: Laura Freixas

Benjamin Moser

Sontag. Vida y obra

Premio Pulitzer de biografía

Ed. Anagrama (Biblioteca de la memoria)

Barcelona, 2020

825 páginas

¿Por qué asegura Benjamin Moser que Susan Sontag fue una figura única, que no se parecía a ninguna de antes o después? Descontando la comprensible tendencia de cualquier biógrafa/o a magnificar a su biografiada/o, podemos reconocer varias razones para esa afirmación.

El origen social de Sontag, para empezar. Algo no tan relevante, quizá, para un hombre, pero sí para una mujer: las escritoras han procedido casi siempre de una familia patricia y rica (Madame de Staël, Edith Wharton, Pardo Bazán…) o intelectual (Virginia Woolf). Susan en cambio era hija de un comerciante en pieles, que murió teniendo ella cinco años, y de una madre alcohólica, ambos judíos (quizá para disimular ese origen adoptó el apellido del segundo marido de su madre), y se crio en Arizona y California, lejos de las grandes ciudades, hasta su ingreso (tras una breve estancia en Berkeley) en la Universidad de Chicago… donde tuvo lugar el episodio más sorprendente de su biografía: su matrimonio.

A su condición de mujer, ya problemática para convertirse en una intelectual de renombre, Sontag sumaba otra aún más espinosa: era lesbiana. Aunque no exclusiva: de los 14 a los 17 años, había tenido 36 amantes entre hombres y mujeres. En Chicago, uno de sus profesores era un tal Philip Rieff, “no muy apuesto, pero asombrosamente brillante”, le escribió a su madre. A las pocas semanas de conocerse se casaron, teniendo él 28 años y ella apenas 18. Da la impresión de que Susan quería huir de sí misma (fue la única época de su vida en la que no llevó diario) arrojándose de cabeza a una vida convencional: esposa de académico, joven madre (su hijo nació en 1952), y ayudante de su marido hasta el punto de escribir un libro que él firmó.

No funcionó. Susan se fue a Oxford con una beca, y al volver, en el mismo aeropuerto, le pidió el divorcio a Philip. En el futuro, tendría algunos amantes masculinos, como Joseph Brodsky, pero sobre todo relaciones con mujeres, apasionadas, tormentosas, según el modelo “ama-esclava” aprendido de su neurótica madre. La última y más larga, con la famosa fotógrafa Annie Leibovitz.

El 1 de enero de 1959, “la mujer que no temía a los hombres, ni siquiera sabía por qué debería temerlos” -escribe Moser-, sola con su hijo, desembarcó en Nueva York decidida a triunfar. Y triunfó pronto. Ya en 1964, su artículo “Notas sobre lo camp” causó sensación. Inauguraba el interés, desde la alta cultura, por la baja cultura y por la sensibilidad homosexual. Desde entonces hasta su muerte -de cáncer, en 2004-, sería una intelectual famosa, que se codeaba con Andy Warhol, John Lennon, Jackie Kennedy… En sus diarios, de una lucidez impresionante, reconoce la insinceridad y el arribismo de tales personajes, ella misma incluida. Lo que puede explicar un punto oscuro de su trayectoria: ¿por qué escribió tan poco sobre feminismo y calló tanto tiempo su homosexualidad? Quizá porque uno y otra le habrían restado aceptación.

Sontag escribió novelas, las primeras herméticas hasta lo ilegible, las últimas, convencionales y mucho más exitosas, como El amante del volcán (1992). Dirigió películas y obras de teatro. Como pensadora política fue más bien vacilante: primero, un filocomunismo de circunstancias, luego (cuando a través de Brodsky entendió mejor la Unión Soviética), la declaración solemne de que “comunismo es fascismo”; por último, crítica al colonialismo de los Estados Unidos y defensa de los derechos humanos, en particular en Sarajevo, pero sin una teoría política global.

Donde Sontag se muestra formidable es en la crítica cultural. Con una erudición apabullante al servicio de un pensamiento propio, tan agudo como audaz, no dejó de abordar temas poco o nada tratados hasta entonces, como la fotografía (Sobre la fotografía, 1977, Ante el dolor de los demás, 2003) o la interpretación cultural de las enfermedades (La enfermedad y sus metáforas, 1978, El sida y sus metáforas, 1988).

Lo que le faltó siempre, como señaló en su día Adrienne Rich, fue “partir de una base emocional”, que habría dado profundidad a su obra. Es llamativo por ejemplo que escribiera sobre el cáncer sin referirse a su propia batalla contra él, o sobre el sida sin mencionar su homosexualidad. Pero es que Sontag tenía una relación muy complicada con su cuerpo, sus emociones, sus relaciones personales. En sus años de más éxito, tal vez creyó que no necesitaba, para sentirse querida, más que “la aprobación casi amorosa de innumerables personas a la que nunca o apenas conocería” (como escribe ella misma refiriéndose a la protagonista de una de sus novelas); pero a fin de cuentas, “igual que Marilyn Monroe”, observaba un amigo, “no tenía a nadie con quien salir el sábado por la noche”. Es este uno de los aspectos que mejor explora Benjamin Moser, en esta biografía interpretativa sin reduccionismo, que aun estando documentadísima (siete años de investigación, 570 entrevistas) se lee como una novela, y que ni idealizada ni demoniza a la biografiada. Un premio Pulitzer más que merecido.