La igualdad autoimpuesta de Simone de Beauvoir

Autoría: Loreto Sánchez Seoane (El Mundo)

«Tienes un cerebro de hombre», le decía Georges Bertrand de Beauvoir a su hija mayor. Era el París de principios del siglo XX. Georges lo había perdido todo tras la Primera Guerra Mundial, su heróico apellido ya daba vergüenza. El banco de su propiedad se había desmoronado sepultando la tranquilidad de cientos de parisinos, y no hay presente más corto que el carente de futuro.

Así son los primeros años de la juventud de Simone, la hija de Georges. Peleas entre sus padres por la falta de dinero, el peso de no ser un hombre en un mundo dirigido por la testosterona. Esa frase que su padre le repitió con frecuencia la marcó hasta el punto de convertirse en una fiel defensora de la igualdad, sobre todo de la igualdad intelectual.

Tuvo la suerte de tener edad para estudiar, cuando en 1924 se dejaban de hacer diferencias entre la educación recibida por hombres y la dada a las mujeres. Con tan sólo 15 años, las letras ya le abrasaban las manos. Tras acabar sus estudios universitarios, en los que la filosofía se convirtió en el centro de sus necesidades intelectuales, empezó a trabajar como profesora. Es aquí donde aparece él, Sartre, y donde empieza la simetría.

«Es muy importante este concepto, el de la simetría. Ella y Sartre se consideraban intelectualmente iguales y, lo mejor de todo, hacían saber que lo eran», asegura Genevieve Fraisse, responsable de la conferencia sobre esta pareja en el ciclo ‘Ni ellas musas, ni ellos genios’, que cada lunes se celebra en el CaixaForum de Madrid.

Sartre y Simone se consideraban «amores necesarios», frente a los «amores contingentes» que ambos mantuvieron a lo largo de su vida. Durante su relación, y con la colaboración de otros filósofos de izquierdas franceses, fundaron la revistaLos tiempos modernos, a la vez que Simone escribía ensayos en los que el ateísmo y el comunismo sustentaban cada una de sus frases. Sartre, por su parte, también se comprometió con causas sociales que le colocaron en el punto de mira, se decía que le quedaban grandes. Empequeñeció y escribió Manos sucias, libro en el que explica la complejidad de ser un intelectual políticamente activo.

Ambos cedieron sus conocimientos e ideales a miles de páginas. Compartían principios, no demasiadas opiniones. «De aquí surge el concepto de la disparidad. La concepción y la publicidad de la igualdad de ambos también conlleva a esto. Sus ideas, reflexiones, sus obras… por distintas que fueran tenían, y así lo hacían ver ellos, el mismo nivel intelectual».

No fue Simone de esas musas ocultas bajo el ego del genio. Fraisse quiere que olvidemos ese concepto de mujer que inspira para empezar a pensar en la mujer que crea. Así fue Simone, así se sabía ella, así lo refleja y así lo vivió Sartre. «Él no publicaba nada que no llevará el visto bueno de ella». Así vivieron décadas, ella y su Segundo sexo, o su mujer rota, o sus decenas de ensayos en los pretendía alejar a la mujer de su función de madre como única meta. Él, con sus obras de teatro, su posicionamiento sobre la cuestión judía o su lucha por la igualdad. Ambos entrevistando al Che Guevara.

Sartre murió en 1980, y Simone lo honró con La ceremonia del adiós, un libro que narra la última década del filósofo y que generó controversia por lo detallado de su enfermedad. Ella murió seis años más tarde. Fue enterrada al lado de Sartre, su «amor necesario» y con un anillo de plata en el dedo, el que le había regalado su amante, el escritor estadounidense Nelson Algren.