Greta Gerwig, directora de Lady Bird: «Si no hay igualdad en la base, nunca la habrá en los Oscar»

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Publicado originalmente por El Mundo el 20/02/18.

Greta Gerwig nació hace 34 años en la antítesis del sueño californiano: Sacramento. Estudió en un colegio católico y nunca se rebeló contra el crucifijo, pero en cuanto tuvo ocasión hizo las maletas y se marchó a Nueva York. Iba para autora teatral, aunque al final se dejó seducir por el cine. Se curtió durante 10 años como actriz y guionista en producciones independientes, hizo pareja artística con Noah Baumbach (Greenberg, Frances Ha, Mistress America) y se lanzó finalmente sin red como directora con Lady Bird, que se estrena en España el próximo viernes.

Lo último que imaginaba era que acabaría en la ruleta de los Oscar al primer intento, sobre todo teniendo en cuenta los antecedentes. Al fin y al cabo, Greta Gerwig (con sangre alemana e irlandesa) es la quinta directora nominada en la historia, en un momento decididamente «histórico» para las mujeres. Su «confianza radical» tras la cámara y su capacidad para calar en con la audiencia le han puesto, a decir de los críticos, en la cresta de la ola. El futuro de Hollywood se escribe con «G».

En la recta final de los Oscar y en el clímax del movimiento #MeToo y #Timesup, todos los ojos están repentinamente sobre usted. ¿No es un peso excesivo?
Es abrumador, pero en el mejor de los sentidos. Lo estoy disfrutando cada minuto, y es algo que no se me olvidará nunca. Obviamente, nunca imaginé que llegaría hasta aquí con mi primera película. Ya me costó tomar la decisión de dirigirla yo misma cuando escribí el guion. Pero de algún modo me dije: ahora o nunca… Mi máxima ambición era conectar con el público, provocar emociones, tocarles alguna fibra. Siempre he pensado que el cine te ayuda a estar menos solo en el mundo… He reconocer que me he sentido también muy arropada y a la primera por el gremio de los directores, que es esencialmente masculino.
¿No asusta pensar que es la quinta mujer nominada como mejor directora en casi un siglo y que sólo una mujer llegó a ganar (Kathryn Bigelow) frente a 88 hombres?
La verdad es que sí. Son datos muy chocantes, que dan mucho que pensar sobre todo lo que nos queda. Yo creo que los cambios van a ocurrir más rápido de lo que pensamos, pero lo cierto es que aún partimos de una situación tremendamente desigual. Por cada 93 películas dirigidas por hombres, hay siete dirigidas por mujeres. Hay muchas menos mujeres nominadas por una simple razón: hay mucho menos donde elegir. Mientras no logremos una igualdad en la base, nunca habrá una igualdad en la carrera de los Oscar. Pero creo que los estudios están despertando y están abriendo finalmente las puertas a las mujeres. Yo misma lo noté en el interés personal de los productores en el tema de Lady Bird, que al fin y al cabo va sobre la relación entre madres e hijas (ese era el título provisional, Mothers and Daughters).
¿Se puede interpetar Lady Bird como su personalísima respuesta a Boyhood?
Me gusta mucho el cine de Richard Linklater y me encantó Boyhood. Pero es cierto que después de verla me preguntaba: ¿Por qué no ha hecho nunca algo parecido sobre una relación madre-hija? ¿Por qué seguimos teniendo esa obsesión con los padres y sobre todo con las relaciones padre-hijo? Creo que va siendo hora de enriquecer nuestro punto de vista.
¿Cuánto hay y no hay de usted en Lady Bird, esa chica que renuncia a su propio nombre y se tira del coche en marcha tras discutir con su madre?
Las dos nacimos en Sacramento y fuimos a un instituto católico en los años posteriores a los atentados del 11-S. Pero ahí se acaban las coincidencias. Hasta cierto punto, Lady Bird es lo contrario a lo que yo fui. Yo nunca fui rebelde. Siempre fui una buena chica que seguía las reglas y a la que le gustaba agradar a la gente. Me llevé bien con mi madre (que por cierto fue enfermera). No me hice llamar por otro nombre, ni me teñí el pelo de rojo, ni me tiré de un coche en marcha… Imaginar este personaje fue de alguna manera adentrarme en un espacio que nunca me atreví a ocupar. Desde el principio vi a Lady Bird como una heroína, con todos sus fallos, pero decidida a ser ella misma, en un ambiente que no ayudaba.
Nacer en Sacramento y cumplir los 18 bajo el peso del crucifijo es algo que debe marcar…
La rigidez del colegio era a veces un poco opresiva, pero siempre encontré la forma de alimentar mi creatividad. Las clases de arte y de interpretación me dieron al menos la ocasión de sentirme a veces en territorio salvaje. Mi pasión por lectura y la escritura también se gestó allí. Y Sacramento, efectivamente, es todo lo contrario a la idea que uno tiene de California. No hay hippies, sino burócratas que trabajan en la capital del estado. Es una ciudad aburrida, que te invita en todo caso a soñar despierto. Pero es también una ciudad amable, sobre todo si tienes familia, y eso es algo que he aprendido a valorar con el tiempo. Siempre quise irme a una ciudad más grande, como Los Angeles o Nueva York, donde me acabé marchando al final. Pero me he reconciliado con mi ciudad sin pretensiones, y estoy orgullosa de poder mostrársela al mundo con los ojos de mi heroína.
¿Saoirse Ronan era el ideal de su chica rebelde?
No pensé en ella hasta mucho después de escribir el guion. Aparte de su acento irlandés, Saoirse no encajaba aparentemente en el molde: a veces parece una chica angelical que se ha escapado de un cuadro del Renacimiento (risas). Pero no fue difícil convertirla en adolescente desaliñada, con acné y con el pelo mal teñido. Creo que es la mejor actriz de su generación y tuvimos una gran conexión Espero volver a trabajar con ella.
¿Su éxito como directora le ha hecho replantearse su carrera como actriz?
De momento sigo con mis planes. Me vuelvo a poner delante de una cámara en La isla de Bergman, dirigida por una mujer (Mia Hansen-Love) y con John Turturro. Es la historia de dos guionistas americanos en la isla predilecta de Ingmar Bergman, en el Mar Báltico. Me atrae muchísimo esa línea resbaladiza entre la realidad y la ficción que explora esta historia… Pienso seguir adelante con mi carrera como actriz, sí, pero sé que mi faceta como directora y guionista acabará reclamando más espacio y ocupando el centro.
Su primera intención fue ser autora teatral, ¿se considera acaso una cineasta accidental?
En absoluto. Nada en mi vida ha ocurrido por error. He llegado donde he llegado porque he sido muy tenaz y tenía claro lo que quería. Es cierto que mi primer interés fue el teatro, y no tardé en darme cuenta de que todos los autores que me gustaban eran hombres: Tom Stoppard, Beckett, Teneessee Williams, Eugene O’Neal, David Mamet… Como mucho conocía a Wendy Wassertein, hasta que un profesor me trajo una pila con obras escritas por mujeres, y para mí fue una revelación. Al final no me admitieron en un master de escritura de teatro, y poco a poco me empezó a cautivar el cine. Y al principio me ocurrió exactamente lo mismo: me gustaban Eric Rohmer, Mike Leigh, Woody Allen, pero no conocía bien a Agnès Varda, Jane Campion o Chantal Akerman…
Y decidió experimentar haciendo películas de ultrabajo presupuesto, improvisadas e independientes ¿Le molesta que le identifiquen con la generación ‘mumblecore’ de Nueva York?
Bueno, el nombre nunca acabó de convencer a nadie, pero es cierto que así fue como aprendí todo lo que sé de cine. Nunca fui a la escuela de cine, digamos que mi escuela fue el plató. Ahora miro hacia atrás y estoy convencida que desde los 20 años quería ser directora pero no sabía cómo llegar hasta allí. Ser guionista de varias películas me ayudó lo suyo. Pero lo más útil ha sido sin duda ser actriz, porque nadie te podía echar del set y era libre para observar todo lo que pasaba a mi alrededor. Creo que cada minuto que pasé rodando lo aproveché al máximo para saber cómo iba a ser como directora. Al final, y aunque me costó decidirme, dirigir ha sido para mí lo más natural.
¿Hasta qué punto su estrecha colaboración artística y personal con Noah Baumbach le ha servido de apoyo o estímulo?
Noah es mi guionista favorito y tenemos planes para volver a escribir juntos. Nada hay tan divertido como escribir un guion a medias y salir de la soledad de la escritura… Pero él sigue su propia senda como director y yo sigo la mía. Estoy convencida de que habría llegado al mismo sitio en el que estoy ahora por otro camino.
Una mujer, un afroamericano (Jordan Peele), un latino (Guillermo del Toro), un británico (Christopher Nolan) y un californiano (Paul Thomas Anderson) ¿Estamos ante el reflejo de una mayor diversidad en Hollywood o ante de un deseo de cubrir las apariencias en la carrera del mejor director o directora?
Quiero pensar que es una prueba de que las cosas están finalmente cambiando y que los Oscar van a ser una competición bastante más abierta de lo que ha sido hasta ahora. Para a mí es además un honor estar en la misma terna con Guillermo del Toro, que creo que es uno de los más fascinantes contadores de historias de las últimas décadas. Respeto también mucho a dos directores tan personales como Nolan y Anderson. Aunque lo bueno, creo yo, es que Jordan Peele y yo estemos entre los cinco por méritos propio y no de relleno. Get out (Déjame salir) ha sido también su primera película y por eso me siento especialmente identificada con él. Ha sido un auténtico fenómeno en todo el mundo y ha funcionado sobre todo por el boca a oreja, como Lady Bird.
¿Cómo se definiría usted como directora?
En cualquier caso no me definiría en contraste con lo que se espera de un director. Yo he trabajado a las órdenes de hombres y mujeres y no hay una diferencia esencial. A mí me gusta tener las cosas claras en el set. Parte de mi aprendizaje fue la improvisación, pero ahora valoro mucho el trabajo que hay detrás de un guion y en Lady Bird lo hemos respetado prácticamente al 95%. Me gusta también dar apoyo a los actores, quizás porque yo soy también uno de ellos y a veces he sufrido la distancia que impone el director.
Sé que no le gusta hablar del tema ¿Es cierto que no volvería a rodar con Woody Allen?
Woody Allen fue uno de mis directores de cabecera: los diálogos de Annie Hall me siguen pareciendo prodigiosos. Pero si hubiera sabido entonces lo que sé ahora (las alegaciones contra él de su hija adoptiva Dylan Farrow) no habría actuado en A Roma con amor. No trabajaré con él en el futuro, es todo lo que puedo decir.
Hay quienes apuntan que el movimiento #MeToo y #TimesUp corre el riesgo de convertirse en una caza de brujas…
Yo creo que el movimiento ha sido muy bien llevado hasta ahora. Que ciertos nombres hayan salido a la luz pública, empezando por Harvey Weinstein, creo que ha sido necesario. Me duele pensar en mujeres que no solo se han visto humilladas sino que posiblemente se hayan visto obligadas a renunciar a su carrera al estrellarse contra ese muro invisible que existía hasta ahora. Todas estas situaciones se acabarán desde el momento en que haya más mujeres en puestos de poder: como directoras, como productoras, como directivas en los estudios. Las mujeres no somos perfectas, pero necesitamos sentarnos en la mesa en igualdad de condiciones.