ALUMBRAR LOS LÍMITES: MARÍA ZAMBRANO Y EL AMOR A LAS PALABRAS

Autoría: Marifé Santiago Bolaños

A mi querida Carmen Oleo, que se marchaba el 4 de febrero,

dos días antes que María Zambrano

Es probable que, a estas alturas, se nos haya olvidado qué significan términos como debate, diálogo, parlamento, espacio de lo común, democracia. Persona. Ciudad. Civismo. Estado. Paz. Los escribo tanto entre comas como entre puntos; los puntos y las comas exigen una respuesta cuando se están leyendo. Lo he hecho con plena conciencia. Quizás también “conciencia” sea un concepto al que le hemos perdido el aprecio, del que hemos olvidado su valor. Hay que escribir, decía María Zambrano, aquello que no puede decirse. Al recordarlo, al escribirlo, resuenan ecos de lecturas que se han convertido en fundamento de la acción. Pienso en El pensamiento vivo de Séneca y la sutileza con que va recorriendo la genealogía de algo que, en el futuro, acabaría llamándose España impregnada de contradicciones que no habían sabido hallar el espacio de encuentro, a pesar de que siempre tal lugar es mucho mayor que el de desencuentro. Pero el esfuerzo que significa construir desde lo que une es más complejo, exige una responsabilidad cívica y una renuncia al egoísmo para el que no estamos siempre preparadas. Séneca contradictorio, lo que acaso llevaría a María Zambrano a intentar entender a algunos de sus más apreciados maestros, aquellos que tendrían que haber sido el amparo intelectual tanto como el amparo ético en momentos en los que a ciertas palabras también se les robaba su peso. Ella, sin embargo, recorre esas palabras una a una, en un ejercicio de lealtad, y va limpiándolas hasta devolverles su luminosidad, hasta convertirlas en claros en el bosque.

Democracia es ese sistema de relaciones de convivencia en el que no solo es posible ser persona, sino que serlo es una obligación. La obligación de hilar, de tejer, de concebir un universo de sentido donde no se estigmatice lo diferente, porque la diferencia solo lo es vista desde determinados ángulos. Donde cada cual tiene su lugar y ese lugar no es una lacra, sino una posibilidad. Ser persona es, quizás, elegir. Y elegir significa -vuelve el estoicismo a estas reflexiones- saber que deseo y pensamiento no son lo mismo, que el saber de entraña, el que arranca de la naturaleza transmutada en cultura en los seres humanos, ha domeñado el grito y lo ha transformado en canto. Por eso el orden democrático, dirá, se parece más al orden musical que al arquitectónico. Hay cobijo, claro, las leyes que objetivan el pacto y lo protegen son la casa común, el ágora de encuentro; pero hay fluidez entre sus columnas y sus pórticos. Democracia y música, persona y democracia. El estoicismo, tan genuinamente español, dirá ella, no es despreciar la materialidad, lo efímero, ni es cargar con una extraña y siniestra culpa que impide la felicidad, sino acepta los límites con la holgura del pensamiento creador. Aceptar no es lo mismo que resignarse, así que nunca traerá aparejado un sentimiento de derrota, todo lo contrario. Por eso el tiempo democrático no tiene medidas que se evalúen en años cerrados, sino que se trabaja para el porvenir, no es competir, sino colaborar. Y el porvenir, cuando lo es en ese orden capaz de aunar las diferencias, como la música, llega vivo de muy lejos y extiende la vida convertida en libertad. Permite que nos sintamos parte, un tramo imprescindible de ese camino.

En algún momento, dice María Zambrano que las personas de los países que no han tenido esa experiencia, la experiencia musical que es la democracia, porque han vivido situaciones históricas dictatoriales tanto en lo político común como en lo educativo familiar o tradicional, hablan a voces y se quitan, a gritos, la palabra unos a otros. Es un síntoma, el triunfo del totalitarismo aunque no lo veamos. El diálogo es un aprendizaje que requiere antes, cómo no, el aprendizaje de la escucha. Y el aprendizaje de la escucha requiere, primero, sosiego. El sosiego solo es posible cuando no hay miedo. El miedo es la reacción ante lo que se siente un peligro. Una sociedad democrática no permitiría ese miedo. Y es el momento en el que las palabras que comencé escribiendo empiezan como a resurgir, a limpiarse de adherencias indeseables. Es el magisterio, lo he comentado muchas veces, de María Zambrano: mostrar respeto hacia las palabras, observarlas y escuchar lo que traen para que no se conviertan jamás en una carga. Llego hasta aquí. Ahora puedo escribir democracia y persona, musicalidad y respeto, lo que me lleva a no temerle a la duda porque solo situándola ante mí será posible no perder ese horizonte de sentido en el que la acción cívica busque el encuentro. Y no va a caber miedo ni pereza ni desidia ni desencanto, porque solidaridad y justicia se muestran espléndidas.

Releo dos cartas que María Zambrano le escribe a su amigo Ramón Gaya. Ambas están escritas en Roma en 1958, y con pocos días de diferencia. En la primera, Zambrano le cuenta a Gaya de sus días respondiéndole al amigo de los suyos, y en un momento escribe: Pero esas extremas situaciones y sentires, no lo tomes como consuelo, purifican; es lo que más purifica, y por tanto fortifica. De la verdad vivimos, sobre todo cuando nos han quitado la realidad.

Tengo la impresión de que nos está escribiendo a todas las mujeres, a todos los hombres que atravesamos este tiempo extraño y doloroso, donde lo inesperado ha hecho que el pacto de sosiego democrático se haya roto, porque todos los pactos que hemos trazado, como especie, con la vida andan por precipicios y a ciegas. Sigo leyendo: …rodaré por los infiernos de la belleza, como rodé por los del amor… ¿qué me espera?

La otra carta, del 24 de septiembre, once días después de la primera y al día siguiente de que Gaya asistiera a las Lamentaciones de Jeremías de Stravinsky en Venecia, la escribe María Zambrano enviando preguntas que, me parece, al llegar a su destino abandonan la interrogación y afirman, también intuyo que al leerlas se nos pregunta y se nos clarifican “caminos recibidos”:

Yo siento, estoy sintiendo y es lo que me ha pacificado en estos últimos tiempos tan terribles para mí, que falta poco para algo. Y que lo único imprescindible es tener el alma… como esa música de Stravinsky, por lo menos.

Ya ves que te abro mis secretos pensamientos, lo cual solo sucede -fuera del amor- ante alguien, para alguien que se siente cerca y lejos, remotamente cerca, y en una lejanía asequible. Es lo que había en mí de “ser amigo vivo y un poco muerto”. Espero lo entenderías o sentirías así. Todo al fin se explica.

Da de comer alguna vez a un gato triste y hambriento.

Y a una paloma olvidada y pobre.

Entonces, recupero conciencia y ciudad. Ahora palpo, con las manos del alma, su cuerpo, lo que ocupan y lo que contienen. Reconozco a los personajes mostrados con luminosidad en La España de Galdós, siguen entregándonos hilos de tiempo. Sus rostros están bajo las mascarillas que pueblan este paisaje doloroso. Van buscando, vamos buscando, vienen, venimos. Y el sueño y verdad a los que María Zambrano nos invitaba en su libro tienen poder, el poder de las grandes palabras cuya firmeza no se la lleva ninguna circunstancia, por muy impositiva y trágica que sea. Considero que, como en aquel lejano sueño creador que cambió el rumbo posible del destino a orillas de un mar con tanto de simbólico, uno de los legados imborrables de María Zambrano está en ser capaz de situarnos ante la gran representación de nuestras biografías personales y colectivas. Como nos situamos en el Teatro, preparadas para saber lo que de otro modo no nos atreveríamos. Y esa actitud se llama Democracia. Nació, no lo olvidemos nunca, derramándose de los dedos de la Filosofía… Si lo prefieren: pensamiento, respeto. Cultura de paz y tolerancia. Amor incondicional a las palabras que alumbran los límites, para cuando abramos el telón…

Marifé Santiago Bolaños

(escritora, doctora en Filosofía,

Patrona de la Fundación María Zambrano,

Académica correspondiente de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, Profesora Titular de Estética y Teoría de las Artes de la URJC)

Especial María Zambrano, a propósito de la conmemoración de los 30 años de su muerte.

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