El día internacional de la poesía.
Una poeta de la Generación del 27 para recordar
El Día Mundial de la Poesía, es celebrado cada año el 21 de marzo, la UNESCO lo adoptó por primera vez durante su 30ª Conferencia General en París en 1999. Conmemora una de las formas más preciadas de la expresión e identidad lingüística de la humanidad. La poesía, practicada a lo largo de la historia en todas las culturas y en todos los continentes, habla de nuestra humanidad común y de nuestros valores compartidos, transformando el poema más simple en un poderoso catalizador del diálogo y la paz.
Es una ocasión para honrar a las y los poetas, revivir tradiciones orales de recitales de poesía, promover la lectura, la escritura y la enseñanza de la poesía, fomentar la convergencia entre la poesía y otras artes como el teatro, la danza, la música y la pintura, y aumentar la visibilidad de la poesía en cualquier lugar del mundo.
En 1926 se inaugura en Madrid oficialmente la primera sede del Lyceum Club Femenino, organización singular y pionera, exclusivamente integrada por mujeres, creada a imagen y semejanza del Lyceum Club de Londres fundado en 1903 por la escritora Constance Smedley. El Lyceum se convierte en un foro para fomentar la cultura y luchar por los derechos civiles de las mujeres españolas. Entre sus ciento quince socias fundadoras están Carmen Baroja, María de Maeztu, Zenobia Camprubí, Isabel Oyarzábal, Victoria Kent, Trinidad Arroyo, María de la O Lejárraga, Clara Campoamor, Victorina Durán, Pura Maortua, María Teresa León Goyri, Concha Méndez, Maruja Mallo, Elena Fortún, Hildegart Rodríguez y Ernestina de Champourcín.
Aquí traemos dos poemas de la poeta, crítica literaria y traductora, Ernestina de Michels de Champourcin y Morán de Loredo. Vitoria (Álava), 10.VII.1905 – Madrid, 27.III.1999.
Esta autora comienza a escribir muy joven, influenciada por escritores modernistas, como Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez, su maestro. Toma contacto con la Generación del 27, a través de la Residencia de Estudiantes, donde acude a conferencias, con compañeras como Concha Méndez y se relaciona con poetas, como Rafael Alberti.
El día 6 de noviembre de 1936, en plena Guerra Civil, Ernestina se casó con Juan José Domenchina, también poeta, quien había sido durante muchos años secretario personal de Azaña. Evacuados al día siguiente, iniciaron un éxodo por Valencia, Barcelona y Francia, hasta que, en 1939, llegaron a su destino definitivo, México. Durante el exilio su actividad creativa se fue reduciendo debido a las necesidades económicas, que la llevaron a dedicar más tiempo a su trabajo de traductora para el Fondo de Cultura Económica y de intérprete para la Asociación de Personal Técnico de Conferencias Internacionales.
Recibió formación religiosa católica, su familia de origen era practicante, no abandonó la práctica durante la Guerra ni en el exilio. Sufrió una crisis religiosa y en México se resolvió en una conversión religiosa y en la búsqueda de una nueva poética. En 1972 Ernestina regresó a España. La dificultad que experimentó para volver a adaptarse a la vida madrileña después de tantos años de exilio provocó en ella sentimientos de soledad, y una invasión de recuerdos de los lugares vividos y de las personas conocidas fueron inundando cada uno de sus últimos poemarios; al mismo tiempo, se trasluce en ellos el agradecimiento por los hechos acaecidos, la fascinación serena por la verdad encontrada y el gozo por la plenitud alcanzada durante su vida.
De su libro Cántico Inútil, 1º edición, Madrid, 1936.
Barricada
Será un alejamiento de hielos inventados
Una sutil barrera de mentiras azules.
Erguiré la ciudad, los mares, contra ti.
¡Yo no quiero que vuelvas!
Aún viven muchas rosas
y alientan, escondidas, las huellas de aquel cielo…
No precipites nunca la muerte de una estrella,
Aunque nazca en tus manos la sonrisa del sol.
Toda lucha es inútil.
Lo irreal mellaría el filo de las armas.
Ante el próximo alcance de tu rotunda fuerza,
Levanto el invencible poder de la ficción.
Eres mi prisionero.
Allí en tu meridiano hay una sombra inmóvil,
Sujeta a lo invisible con puñales de sueño.
Cuando el tiempo oscurezca la última pisada,
Desclavaré tu afán y marcharé hacia ti.
Soledad
Todos van, todos saben…
Sólo yo no sé nada.
Sólo yo me he quedado
abstraída y lejana,
soñando realidades,
recogiendo distancias.
Cada pájaro sabe
qué sombra de su rama,
cada huella conoce
el pie que la señala.
No hay senderos sin pasos
ni jazmines sin tapia…
¡Sólo yo me he quedado
en la brisa enredada!
Sólo yo me he perdido
en un vuelo sin alas
por poblar soledades
que en el cielo lloraban
Sólo yo no alcancé
lo que todos alcanzan
Por mecer un lucero
a quien nadie besaba.


